A  S  T  R  O  B  I  O  G  R  A  F  I  A  S 


  

Leonardo Da Vinci

(15 de abril de 1452 – 02 de mayo de 1519)

 

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Por Aniuska Albertos.

 

 

Leonardo di ser Piero da Vinci nació en el poblado de Vinci el 15 de abril de 1452 y fue arquitecto, escultor, ingeniero, inventor,  pintor, paleontólogo, músico, artista, botánico, anatomista, científico, escritor, escultor, poeta y urbanista. Fue un polímata florentino del Renacimiento italiano.

 

Esta biografía no solo trata de sus innumerables aportes a las artes y las  ciencias, sino también de la parte humana de Leonardo de Vinci, en anécdotas no conocidas de su vida.

 

Leonardo Da Vinci es tal vez el más claro ejemplo de espíritu plural que pasó  a la inmortalidad. Fue un genio en su época, y lo sigue siendo a pesar de los siglos transcurridos. Su inteligencia sutil profundizó en todas las ramas de las ciencias y las artes. Fue un hombre controversial. No se sabe dónde termina lo verdadero y donde comienza el mito...

 

Este pintor renacentista ha sido considerado como un sabio, ejemplo del  genio universal y hombre del renacimiento, con una capacidad de imaginación tan amplia como su propia curiosidad, y junto a Miguel Ángel y Rafael, forma el insuperable trío de los mejores maestros del cinquecento.

 

Al parecer Leonardo fue un hombre atlético, y guapo. Es posible que haya  medido al menos 1,73 metros de altura, según la longitud de su supuesto esqueleto. Sin embargo, los restos, que fueron atribuidos a Leonardo debido al cráneo inusualmente grande y los fragmentos de piedra acompañantes con la inscripción «EO […] DUS VINC», aún no se han identificado positivamente.

 

Los retratos de la época muestran que llevaba el pelo largo, en un momento  en que la mayoría de los hombres lo llevaba corto, o extendiéndose hasta los hombros. Mientras que la mayoría de los hombres estaban afeitados o llevaban barbas muy cortas, la barba de Leonardo fluía sobre su pecho.

 

Entre las características o rasgos de Leonardo Da Vinci su vestimenta se describe como inusual en su elección de colores brillantes, y en un momento en que la mayoría de los hombres maduros vestían prendas largas, el atuendo preferido de Leonardo era la túnica corta y la manguera que generalmente usan los hombres más jóvenes. Esta imagen de Leonardo se ha recreado en la estatua de él que se encuentra fuera de la Galería Uffizi.

 

La gran personalidad de Leonardo Da Vinci.

 

Lo más importante de Leonardo Da Vinci se puede ver en su enorme pasión  por la pintura y la música, a las cuales consideraba como hermanas, dejó huellas impactantes acerca de su visión al mundo a través del arte. La historia de sus vivencias, desde la infancia hasta su vejez, también puede permitirnos observar bastante de las cosas importantes de Leonardo Da Vinci, sobre todo desde un punto de vista más humano.

 

Se dice que era una persona con cierto magnetismo y atractivo personal, así  como bondadoso, amable y muy apreciado por quienes le rodeaban. Persuasivo, fuerte y excelente conversador, son otros adjetivos que se le atribuyen.

 

Leonardo vegetariano y la cocina.

 

En una época en la cual no era común esta práctica, Leonardo Da Vinci era vegetariano. No consumía ningún tipo de carnes, sino que se alimentaba sólo de vegetales. Este estilo de vida se debía a su gran amor por los animales, hacia quienes no concebía el hecho de hacerles daño alguno y menos consumirlos.

 

Sin embargo, la cocina no escapó a sus innumerables inventos, donde  destacan el extractor de humo, el sacacorchos para zurdos, la batidora, máquina para pastas, picador de ajos, servilletas, el tenedor de tres dientes y el molinillo de especies, entre otros.

 

Hubo otros que no fueron entendidos y le causaron su salida de un restaurante donde laboraba.

 

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Inventos de Da Vinci para la cocina.

 

Luz y sombra de Da Vinci.

 

Las influencias de Donatello Masaccio, con sus emociones y realismos; Lorenzo Ghiberti, detallista y de composiciones difíciles; Piero della Francesca, con sus descubrimientos pioneros en el uso de la luz y su énfasis en la perspectiva, entre otros artistas, marcaron la destreza de Da Vinci.

 

Incluyó  técnicas tridimensionales, de luz y sombra, de una manera impresionante en sus obras, así como la influencia del humanismo renacentista.

Dentro de las cualidades más resaltantes en el estilo de Leonardo Da Vinci, pueden mencionarse el sentido de la composición, la delicada esfumación de colores y el uso administrado de luces y sombras.

 

Pero uno de los aportes más emblemáticos de su sello, es el profundo conocimiento que se dedicó a obtener sobre la anatomía, para luego aplicarlo sobre sus obras, lo cual le daba mayor énfasis al realismo sobre el lienzo, carácter a lo plasmado y mucha originalidad.

 

Nacimiento y niñez de Leonardo.

 

Vinci era una aldea de la Alta Toscana, una bella región de Italia en donde el 15 de abril de 1452, nació Leonardo, el formidable propulsor del Renacimiento. Su madre, una mujer sencilla llamada Caterine  y su padre, el notario florentino Piero de ser Antonio de Vinci, muy joven, fue separado de Caterine. Del padre heredó el gusto por la dialéctica y la erudición. De la madre, el amor a la Naturaleza, a las cosas pequeñas, a los animalillos indefensos. Y de sí propio nació el talento que le convertiría en un genio dotado de todas las virtudes de la inteligencia y el corazón.

 

El padre de Leonardo la casó aún embarazada de Leonardo con Accattabriggi. El padre se casó con madona Albiera di ser Giovanni Amadori, una muchacha ni joven ni bella, pero de familia honorable y provista de una buena dote. Aunque no tuvo herederos.

 

Caterine no pudo amamantar a Leonardo, se compró para tal fin una cabra  del Monte Albano, famosas por su leche abundante y cremosa. Este hecho valió más tarde a Leonardo el calificativo de brujo. Y es que la cabra fue comprada a una vieja bruja. Y luego, gracias a sus extravagancias, se dijo que la bruja había hechizado la leche de la cabra, con lo que Leonardo se hizo víctima de tal hechizo. Más eso sólo eran absurdas supersticiones, nacidas de la incomprensión que siempre se cebó en el genial artista.

 

Como eran pobres, el padre de Leonardo suplicó que le dejaran ocuparse de  su educación. Y de este modo, gracias a los prejuicios y conveniencias sociales, la desdichada Caterina se vio apartada de su hijo, lo mismo que antes se vio alejada para siempre del que le juró amor eterno. Leonardo de Vinci entró a formar parte de la noble familia de su padre. Y su madre lo entregó resignada, sin protesta alguna, porque creyó que en el hogar de los Vinci le aguardaba un porvenir más brillante que el que ella podía brindarle con la pobreza de sus medios.

 

En los archivos de la ciudad de Florencia se conserva, en el registro del año  1457, esta nota, escrita de puño y letra del abuelo Antonio de Vinci: «Leonardo, hijo del susodicho Piero, ilegítimamente nacido de él, y de Caterina, hoy esposa de Accattabriggi di Piero del Vacca de Vinci, de cinco años de edad.»

 

El pequeño pasó de las manos de Caterina a las de la anciana y bondadosa  abuela, monna Lucía di Piero Soni de Barcanetto, esposa de ser Antonio, y de la humilde casa de los Accattabriggi a la cómoda y hasta lujosa villa de los Vinci. Pero el pequeño Nardo no podía olvidar la tierna sonrisa de la madre. Un espíritu tan sensible como el suyo no podía quedar sin las dulces caricias que sólo la madre sabe prodigar. Y el chiquillo se las ingenió para que no faltara un solo día sin que su delicada carita recibiera los besos maternos.

 

Caterina callaba. ¿Cómo era posible explicarle al chiquillo, todo inocencia,  que la sociedad era cruel y que los derechos de la maternidad ilegítima se perdían cuando podían comprarse con dinero? Leonardo era muy niño y no hubiera comprendido el hecho de que fuese distinto el trato que merecía una pobre campesina y un rico notario.

 

En efecto, mientras el pequeño aprendía a querer a hurtadillas a su madre, el  padre dejaba transcurrir plácidamente su vida en Florencia. Así como el niño heredó de la madre sus largas y finas manos, sus bucles dorados, su sonrisa extraña y ese encanto femenino del que se hallaba impregnado todo él, del padre heredó la anchura de hombros, una robusta salud y un extraordinario amor a la vida.

 

Cuando tuvo siete años lo llevaron a la escuela próxima de la iglesia de Santa  Petronila, no lejos de Vinci. Pero tampoco eran de su gusto las enseñanzas del maestro. No era eso lo que él quería saber. Su curiosidad era más sensible, se dirigía hacia todo aquello que le rodeaba, hacia la Naturaleza viva, con un extraordinario afán de desentrañar todos sus misterios. Y eso, lógicamente, los estudios elementales de una escuela rural no podían satisfacerlo. Con frecuencia, al salir por la mañana de casa, en lugar de irse a la escuela, se iba a un barranco salvaje invadido de cañas, se acostaba de espaldas y boca arriba, seguía durante horas con dolorosa envidia el vuelo de las grullas que pasaban. O bien, arrancar las flores, pero separando con precaución sus pétalos para que no cayeran, admiraba su delicada estructura, sus aterciopelados pistilos, los estambres y antenas húmedas de miel. Esos eran sus ratos más felices. Entonces es cuando más aprendía, sin que nadie le enseñase.

 

Con ese afán de penetrar en los misterios de la Naturaleza y las rarezas de  su carácter, Leonardo vivía solo, porque nadie sabía comprenderle realmente. Caterina y monna Lucía le querían, sí, es verdad, pero su carácter débil y su poca inteligencia no les permitían ahondar en el verdadero espíritu del pequeño. El abuelo, con su intransigencia, no rimaba tampoco con Nardo. Quizá era el que menos entendía la verdad del chiquillo. En cuanto al buen tío Francesco y a su padre, que le traían chucherías de la ciudad, no los veía más que muy raramente. Los dos pasaban en Florencia la mayor parte del año.

 

Una vez, con ocasión de una fiesta, vio a la vieja criada matar un lechoncillo  que se debatía y lanzaba agudos gritos. Desde aquel día, rehusó obstinadamente comer carne, sin explicar por qué, por miedo a la furia del indignado ser Antonio. —Este niño es lo más raro que he conocido — gritaba el abuelo. —Pues déjale. Tal vez no le agrada la carne — suavizaba monna Lucía.

 

En otra ocasión, los colegiales, capitaneados por un tal Rosso, osado  granujilla, inteligente y cruel, cogieron un topo. Después de haberse recreado atormentándole, medio muerto ya, lo ataron por una pata para que le destrozasen los perros del pastor. Leonardo se arrojó en medio del grupo de chicos e hizo rodar por tierra a tres de ellos. No olvidemos que el pequeño Vinci era diestro y fuerte. Y aprovechándose de la estupefacción de los muchachos, que del siempre dulce Leonardo no esperaban semejante agresión, cogió el topo y salió corriendo por el campo hasta quedar sin aliento. ¡Ah! Pero no podía quedar así la pelea. Tan pronto como se rehicieron, sus camaradas se lanzaron en su persecución, con gritos, risas, silbidos, e injuriándole le tiraban piedras. — ¡Duro con él! — gritaban. — ¡Hay que darle un escarmiento! — ¿Qué se habrá creído el mocoso ese? — ¡Apuntad bien, muchachos! ¡No desperdiciéis las piedras! El desmadejado Rosso, que tenía cinco años más que Leonardo, le alcanzó, agarrándole por los cabellos y empezó la lucha. Fue una lucha feroz y desigual. — ¡Dale fuerte, Rosso! — animaban los otros chicos, puestos en corro alrededor de los luchadores. — ¡No le tengas compasión! ¡Es un bicho raro! — ¡Viva! ¡Hurra! — se alborozaban a cada nuevo golpe descargado sobre el pequeño Nardo. — ¡Eh! ¡Eh, muchachos! ¡Basta de peleas! ¡Dejaos de tonterías! —Dejadme, Jian Battista. No puedo parar hasta ver convertido en un guiñapo a ese crío — decía Rosso.  Pero Jian Battista, el jardinero de ser Antonio, los separó. Sin su oportuna intervención, Leonardo lo hubiera pasado muy mal. Pero el chiquillo había logrado su fin. En la confusión de la pelea el topo se escapó bosque adentro, poniéndose a salvo de sus atormentadores.

 

Pero el abuelo no perdonó esta pelea. Fue encerrado durante varios días en  un cuartito oscuro, bajo la escalera. Y ni todas las ardientes súplicas de la abuela fueron capaces de conseguir que el corazón de ser Antonio se ablandara. El pobrecillo Nardo se vio lejos de todo y de todos durante aquellos días inolvidables. Más tarde, acordándose de esta injusticia, la primera de la infinita serie que el destino le reservaba, por verse siempre incomprendido por sus semejantes, se preguntaba en su diario: «Si ya en tu infancia te encerraban por haberte portado bien, ¿qué harán contigo, ahora que eres mayor?

 

¡Cuánta amargura en estas palabras! Pero, ya cuando aquel injusto castigo  recibido en su infancia, por la mente de Leonardo no pasó ni por un instante la idea de venganza. Por el contrario, se prometió luchar con más ahínco aún por la razón y la justicia, aunque nadie tuviese la suficiente sensibilidad para hacer causa común con él.

 

Leonardo de Vinci siguió inmerso en la contemplación de la Naturaleza. Sin cesar se preguntaba las causas de los fenómenos naturales, deseando desentrañarlos.

 

El arquitecto florentino Biagio de Ravenna, discípulo del gran Alberti, construía una gran villa para el señor Pandolfo Rucellari. Viendo Leonardo con profunda atención la construcción de una Villa, este le preguntó: — ¿Qué es lo que miras con tanta atención, muchacho? — preguntó. —Vuestro trabajo, señor —repuso Nardo—. Es extraordinario ver cómo avanzan las obras bajo vuestra dirección. Debe de ser hermoso crear y ver nuestra obra adelantar y concluirse. —Lo es, en efecto —respondió Biagio, vivamente impresionado por la expresión que iluminaba el rostro del pequeño. No tardó en establecerse un gran afecto entre ambos. El de Leonardo se basaba en la admiración que sentía por el arquitecto. El de éste, en las excelsas cualidades que adivinaba en el chiquillo. Y así, al principio por pura distracción, después con creciente placer, el arquitecto florentino se convirtió en el maestro de Leonardo, iniciándole en los misterios de la aritmética, álgebra, geometría y mecánica.

 

Leonardo es un genio. No me cabe la menor duda — se decía asombrado el arquitecto.

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Puente proyectado por Leonardo da Vinci. Foto: Arborio Mella.

 

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Diseño y anotaciones sobre la construcción de puentes. Foto: Arborio Mella.

 

Perdido entre las frondas de la hermosa Villa de los Rucellari, Leonardo de Vinci reflejaba en su rostro una infinita tristeza. Sus ojos azules se clavaban con insistencia en una chiquilla de singular belleza, que se llamaba Florinda y era una rica heredera. Aquella niña, que contaba más o menos su misma edad, fue el primer amor espiritual de los muchos que inflamaron el corazón de Leonardo a lo largo de su intensa vida. El pensamiento de que Florinda abandonaría al día siguiente la villa y tal vez no volvería a verla jamás le quitaba el apetito. Y tampoco se movió de aquel apartado rincón del jardín cuando la cena concluyó y comenzó el baile. Nadie se acordaba de él. Leonardo permanecía solo, olvidado de todos, apoyado en un banco y escondiendo tras sus ojos azules las lágrimas que la amargura hacía nacer. La soledad debía ser su eterna compañera.

 

Por aquel entonces, la leyenda negra de Leonardo, que contaba ya trece años, había crecido de tal modo a su alrededor, tachándole de brujo y mil cosas más, que el chiquillo se veía despreciado por la aldea entera y sus contornos. No podía ir a ningún lado sin que se viese humillado y escarnecido por la chiquillería mal educada, y despreciado por los mayores, quienes apartaban a sus hijos de su camino, para que Nardo no les contaminase, ignorantes como eran.

 

Como desde pequeño dibujaba muy bien y era buen constructor, le animaron  a seguir por las artes. Pero él se interesa por las plantas, el agua, los animales. Dice que la naturaleza es la mejor maestra.

 

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Dibujo en detalle de una planta

 

El padre de Leonardo con sus florecientes negocios, y con la imposibilidad  de tener hijos, se lo llevó a vivir con él a Florencia.

 

En Florencia, los Vinci vivían en una casa alquilada a un tal Brandolini, en la  plaza San Firenze, no lejos del Palacio Viejo. La llegada de Leonardo fue muy bien acogida por su padre y su joven madrastra. Sobre todo ésta le trataba con infinito cariño.

 

Vivía el arquitecto Toscanelli, Toscanelli era un hombre generoso de su  ciencia, le agradaba proteger a los jóvenes que iban a buscarle para aprender. Y como encontró en Leonardo un alumno inteligentísimo, era feliz enseñándole todo cuanto él sabía de las leyes de la naturaleza.

                                              

Viendo que el muchacho, ya adolescente, no cesaba de dibujar o hacer  figurillas de barro plasmando todo lo que veía a su alrededor, el notario llevó algunos de los trabajos de Leonardo a su viejo amigo, el orfebre, pintor y escultor Andrea Verrocchio en Florencia. Porque ser Piero comenzaba a vislumbrar que en la cabeza de su hijo se encerraba un talento mayor del que todos le suponían. Y no se equivocaba, en efecto. 

 

En aquellos tiempos los maestros pintores y sus discípulos vivían juntos,  formando como una familia. Los alumnos pagaban una cierta cantidad, ayudaban al maestro en la ejecución de las obras, y las ganancias se destinaban a un fondo común.

 

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Los cuatro nudos.

 

Así, pues, Leonardo abandonó la casa de ser Piero y madona Francesca para trasladarse a la casucha del maestro. Esta es una verdadera universidad del arte: aquí aprende a dibujar, a trabajar el bronce, y hacer esculturas. Aquel día, el día en que ser Piero llevó al estudio de Andrea Verrocchio a su hijo, la suerte de ambos pintores se decidió. Andrea no solamente fue el maestro, sino también el discípulo de su discípulo Leonardo.

 

Por aquel entonces Verrocchio trabajaba en un cuadro que le encargaron los monjes de Vallombroso. Representaba el bautismo del Señor.

 

Sólo su misma inquietud, su extraordinaria capacidad, esa eterna insatisfacción que le caracterizaba, constituyeron serios obstáculos en su vida, los cuales no le permitieron dejar concluida ninguna de las muchísimas obras que comenzó. El deseo de abarcar más y más le hacía inconstante. Y la infinita ilusión de ser cada vez más perfecto en su obra, no le dejaba hallar el punto exacto donde esa obra alcanzaba su fin. 

 

Luz y sombra de Da Vinci.

 

Las influencias de Donatello Masaccio, con sus emociones y realismos;  Lorenzo Ghiberti, detallista y de composiciones difíciles; Piero della Francesca, con sus descubrimientos pioneros en el uso de la luz y su énfasis en la perspectiva, entre otros artistas, marcaron la destreza de Da Vinci.

 

Incluyó  técnicas tridimensionales, de luz y sombra, de una manera  impresionante en sus obras, así como la influencia del humanismo renacentista.

 

Pero una de los aportes más emblemáticos de su sello, es el profundo  conocimiento que se dedicó a obtener sobre la anatomía, para luego aplicarlo sobre sus obras, lo cual le daba mayor énfasis al realismo sobre el lienzo, carácter a lo plasmado y mucha originalidad.

 

Entre sus pinturas más destacadas están: La Anunciación;  Madona Benois; La  Virgen del Clavel; La Dama del Armiño; La Virgen de las Rocas; La Última Cena; Santa Ana, La Virgen, El Niño y San Juan; La Gioconda; La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana y San Juan Bautista, entre otras.

 

En el bautismo de Jesús pintó Leonardo de Vinci su primera obra. Hasta ese momento, las expresiones eran estáticas. Era la primera vez que las figuras miraban al espectador.

 

De la misma manera directa, profesaba que los límites sobre cualquier cosa, los coloca la mente, y que ya que el pensamiento es el que engloba lo que sabemos, es en nuestras percepciones donde se originan esos conocimientos.

 

 

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Detalle del Bautismo de Jesús., primera obra que pintó en el estudio de Verrocchio. Gallería degli Uffizi. Florencia. Fotografía Arborio Mello.

                

Luego conoce a Toscanelli, quien ya había asesorado a Colón en su viaje a Las Indias. Toscanelli era un hombre generoso de su ciencia, le agradaba proteger a los jóvenes que iban a buscarle para aprender. Y como encontró en Leonardo un alumno inteligentísimo, era feliz enseñándole todo cuanto él sabía de las leyes de la naturaleza. En las claras noches de verano, ser Paolo y Leonardo subían a la colina de Paggio del Pino, cerca de Florencia. En la cumbre, una vieja cabaña, medio en ruinas, servía de observatorio al gran astrónomo, Y cada día que Leonardo descubría un nuevo misterio de aquella inmensidad que era el Universo.

 

Pinta y hace algunas esculturas, las que le lleva a estar días encerrado en una pestilente habitación rodeado de bichos, para hacer la Rotolla por encargo. Sin embargo, su padre la vende en secreto a ciertos mercaderes por 100 ducados.

 

Prosiguiendo la carrera, cada vez con más originalidad, le vino en fantasía  pintar en un cuadro al óleo la cabeza de una Medusa con un anudamiento de serpientes por cabellos. Pero por ser ésta, obra que requería mucho tiempo, quedó sin terminar, como sucedió con casi todas sus obras. Persiguiendo la inaccesible perfección, se creaba dificultades que el pincel no podía vencer.

 

En 1481, contando ya veintinueve años, los monjes de San Donato Scopeto  encargaron a Leonardo que pintase la Adoración de los Magos para el altar mayor. En este cuadro demostró conocer perfectamente la ciencia de la anatomía humana, y supo expresar, como nunca hasta entonces se había visto en ningún otro maestro, los sentimientos de los personajes mediante las actitudes de los mismos.

 

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Adoración de los Magos, cuadro inconcluso de Leonardo Da Vinci,

pintado por encargo de los monjes de San Donato Scopeto para su altar

mayor. Año 1481. Gallería degli Uffizi. Florencia. Fotografía Arborio Mello.

 

Su padre enviuda por segunda vez, Francesca, murió joven y sin darle la anhelada descendencia. Pero el notario florentino, según hemos dicho, no podía vivir sin el cariño de una esposa junto a él. Y así se casó por tercera vez con Margharita, hija de ser Francesco Guglielmo, la cual odiaba a Leonardo. Con Margharita el padre de Leonardo tuvo dos hijos: Antonio y Juliano.

 

Entre sus camaradas, tanto en la tienda de Verrocchio como en los demás  talleres, Leonardo veía crecer sus enemigos. La envidia desataba las lenguas, y al igual como le ocurrió en el pueblecito de Vinci, la leyenda negra comenzaba a tejerse a su alrededor. Circulaban rumores sobre las «opiniones heréticas» y sobre la «impiedad de Leonardo». Y las calumnias de que le hacían víctima acerca de su amoralidad tenían apariencia de verdad, porque el joven Leonardo evitaba a las mujeres, a pesar de ser el más bello adolescente de toda Florencia.

 

Uno de sus enemigos hizo una denuncia contra él, y se vio obligado a  abandonar el taller de Verrocchio, para instalarse solo, en un estudio de su propiedad. Pero las calumnias aumentaban y los rumores eran cada vez más persistentes. Su estancia en Florencia se hacía cada vez más difícil y desagradable.

 

Siempre obediente a su espíritu luchador, Leonardo concibió otro camino a seguir. El embajador del sultán de Egipto, Kaitbey, estaba recién llegado a Florencia. Y por su intermedio, Leonardo sostuvo con el sultán secretas conversaciones, a fin de entrar a su servicio en calidad de primer arquitecto. Para conseguir tal empleo, debía abjurar de Cristo y convertirse a la religión musulmana.

 

A pesar de que se había entregado intensamente, en los últimos tiempos, a  sus actividades de pintor, Leonardo no olvidó sus otras muchas aficiones. Y así fue cómo, siendo también músico notable y excelente decidor de versos con su voz melodiosa y armónica, inventó un laúd de plata, que tenía la forma de un cráneo de caballo. El extraño aspecto y la extraordinaria sonoridad de este original instrumento causaron gran satisfacción a Lorenzo de Médicis, gran amante de la música. Pero como sea que Leonardo era persona demasiado osada y libre para agradar al adulado Lorenzo, éste mismo propuso al artista que fuese a Milán, a ofrecérselo en presente al duque de Lombardía, Ludovico el Moro, de la familia Sforza. Naturalmente, la idea agradó a Leonardo. Era una manera de alejarse de Florencia, sin necesidad de abandonar la patria ni abjurar de su religión.

 

Leonardo piensa dejar Florencia trasladándose a Milán, no en calidad de  pintor o de sabio, sino solamente de músico de corte. No obstante, antes de partir, escribió al duque Moro la siguiente carta, anunciándole su próxima llegada y dándole cuenta de sus habilidades, por si necesitaba de alguno de sus servicios:

 

 «Habiendo estudiado y juzgado, ilustrísimo señor, obras de los modernos inventores en máquinas de guerra, he comprobado que no hay ninguna que se distinga de las comúnmente en uso. Me decido, pues, a dirigirme a Vuestra Serenidad a fin de descubrirle los secretos de mi arte.

 

 »Sé construir puentes ligerísimos, fuertes y aptos para ser llevados fácilmente y con ellos seguir y a veces huir de los enemigos. Y otros de fuego y batalla, fáciles y cómodos de levantar y poner. Y sé también la manera de quemar y deshacer los de los adversarios.

 

 «Sé en una tierra sitiada quitar el agua de los fosos y hacer infinitos puentes, gatos y escaleras y otros instrumentos pertinentes a dicha expedición.

 

«Conozco también nuevos medios de destruir, si las bombardas no cumpliesen su cometido en el asedio, todos los castillos y fortalezas, con tal de que sus cimientos no estén tallados en la roca. «Tengo modelos de bombardas que pueden arrojar piedrecillas menudas, a semejanza casi de una tempestad. Se puede dar un gran susto al enemigo, con grave daño suyo y confusión.

«Sé la manera de hacer vías estrechas y subterráneas sin producir ruido, aunque sea preciso pasar bajo fosos y ríos.

 

 «Haré carros cubiertos, seguros e inatacables. Penetrando con ellos por entre los enemigos, con su artillería, no hay multitud de gentes de armas que no se dispersen. Y tras de ellos puede ir la infantería sin grandes riesgos ni impedimenta alguna.

 

«Si necesario fuese, haré morteros, bombardas o pasavolantes, de un sistema estupendo y eficaz, fuera de uso común. Para donde las bombardas no hagan su efecto, construiré catapultas, trabucos, arietes de asedio, proyectiles gigantes y otros instrumentos de un maravilloso efecto, totalmente desconocidos, inventados según la variedad de los casos.

 

 «Y cuando de estar en el mar se trate, sé hacer toda clase de armas ofensivas y defensivas, así como construir navíos cuyo casco resista a las bombas de piedra y fundición. También conozco composiciones explosivas, nuevas hasta hoy.

 

 «En tiempos de paz, espero satisfacer a Vuestra Serenidad, en lo que respecta a la arquitectura, con la construcción de edificios privados y públicos, canales y acueductos. «En el arte de la pintura y de la escultura en mármol, cobre y arcilla, puedo ejecutar toda clase de encargos tan bien como cualquiera. Y también puedo encargarme de fundir en bronce el caballo que debe eternizar la gloria del señor, vuestro padre de santa memoria, y de toda la ilustre casa de Sforza.

 

 »Si alguna de las invenciones más arriba indicadas puede parecer increíble, me ofrezco a hacer la experiencia en el parque de vuestro castillo, o en cualquier otro lugar que quiera designar Vuestra Serenidad, a la bienhechora atención de quien se recomienda el más fiel servidor de Vuestra Alteza, Leonardo de Vinci.»

 

Esta carta desató fuertes polémicas por parte del astrólogo de Ludovico y de la gente de Milán. Sonaba a fantasía.

 

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Fotografía de la carta de Leonardo a Ludovico el Moro.

 

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Retrato de Ludovico El Moro

 

Ludovico el Moro, llamado así por el tinte bronceado de su piel, era hombre  inteligente, pero de alma depravada. Regentaba el ducado de Milán como protector de su sobrino Gian María Galeazzo, verdadero soberano, que era todavía muy joven. Más lo que en realidad había hecho Ludovico era usurpar el poder, después de asesinar al tutor de Gian María y desterrado a Bona, a su cuñada y madre del pequeño. Tras esto le fue fácil hacerse proclamar regente, en el año 1480, con lo que pasó a disfrutar de una vida esplendorosa que no le correspondía en justicia.

 

Lo primero que Ludovico le encargó fue la decoración del castillo Sforza.  Más tarde, los planos y proyectos de las reformas que debían verificarse en la catedral, y otros relacionados con diversas construcciones. También le encargó que pintase un retablo con una Natividad, que el propio duque mandó como regalo al emperador. Más adelante, le pidió que asumiese la dirección de los trabajos de apertura del futuro Naviglio Sforzano.

 

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Diseño de escalera doble para un castillo, proyecto arquitectónico de Vinci. Fotografía de Arborio Mella.

 

No transcurría un solo mes sin que el artista presentara al duque nuevos  proyectos y obras maestras de artes e ingenio, que Ludovico aceptaba complacido, a pesar de que algunos eran de costo elevadísimo.

 

Algunos ejemplos de su maravilloso poder de invención, son la bicicleta,  cuyos registros se dispersaron y permanecen guardados sin orden en la Biblioteca Ambrosiana de Milán; la escafandra, como uno de los tantos artefactos para explorar el mundo del mar que diseñó, y el tornillo aéreo, registrado como el primer modelo de helicóptero.

 

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Diseño de respirador bajo el agua.

 

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Traje de buceo. Museo Da Vinci, Florencia.

 

También están las máquinas voladoras, inspiradas en una acuciosa  investigación que realizó Da Vinci sobre los murciélagos y algunas aves; el cañón de tres troneras, que a pesar de ser un hombre pacifista, ideó un cañón que podían rotar sobre un eje, a fin de que mientras una disparaba, otra estaría en espera y la otra recargándose; el odómetro, como primer diseño de un cuentakilómetros.

 

Otros inventos trascendentales fueron el paracaídas, con una forma de  pirámide y la base cuadrada, de unos 7 metros aproximadamente; el robot, que fue construido completamente en el año 2002 por Rosheim; la ametralladora, con una manivela que ajustaba la elevación; la catapulta, también con manivela para cargar, aunque en realidad este caso fue un refuerzo para mejorar diseños que ya existían.

 

Y qué decir del automóvil diseñado por Leonardo Da Vinci hace más de 5 siglos, con un caparazón de madera, con muelles ballestas que controlaban el movimiento y otros de espiral para impulsar la propulsión, así como una pequeña y rústica dirección.

 

Leonardo, como es lógico, se convirtió en el artista obligado de la corte. En la época que fue de 1489 a 1490, dedicó gran parte de su tiempo a la organización de fiestas y espectáculos con motivo de casamientos principescos y visitas regias. Era único para sorprender invitados con los juegos más insólitos, los adornos más fantásticos y los dulces y las tartas con las formas más caprichosas.

 

Ni que decir tiene que Leonardo, al margen de todo el trabajo que se le acumulaba, comenzó a trabajar febrilmente en la realización de «El Coloso».  Esa estatua cifraba, entonces, todos sus anhelos e ilusiones. Siempre siguiendo sus normas, estudió tan detalladamente la anatomía de los caballos para modelar con toda fidelidad el corcel, que escribió como resultado de los conocimientos adquiridos un tratado completo sobre dicha anatomía, que es un perfecto modelo.

 

Esbozos del Caballo.

 

Proyectó la estatua de dimensiones colosales. El caballo, lanzado a galope  tendido y pisoteando al enemigo derribado, debía medir siete metros de largo. En cuanto a la estatua en su totalidad debía tener más de siete metros de altura. Además de los estudios anatómicos, imaginó nuevos modelos de arreos ecuestres, hizo diversos croquis y multitud de maquetas pequeñas.

 

El trabajo era de titanes. Basta decir que Leonardo tardó más de once años en acabar el modelo. Fue en el año 1493 cuando, por fin, la estatua construida en yeso pudo ser instalada en el patio del castillo ducal, a fin de que todo el mundo pudiese admirarla.

 

Leonardo dejó esbozado lo que debía ser la escultura ecuestre más grande del mundo. Sin embargo no llegó a verla erigida en vida. Estos diseños sirvieron, unos 500 años más tarde, para hacer realidad el sueño del artista italiano.

 

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Esbozo del enorme caballo de bronce imaginado por Leonardo da Vinci entre

1482 y 1493.

 

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Estatua del caballo realizada posteriormente por la escultora Nina Akamu. Se encuentra en el hipódromo de Milán, en Italia.

 

Puede verse, pues, que la actividad del artista era mucha. Los encargos le  llovían, no sólo de parte del duque sino también de los grandes señores que querían rivalizar en poderío, teniendo en sus mansiones cuantas más obras del pintor de moda mucho mejor. Así mismo los científicos que publicaban algún libro pedían a Leonardo que ilustrase, porque sus conocimientos sobre todas las ciencias le permitían dar una gran claridad a las explicaciones con dibujos magníficos. Los años pasaban. Su fama crecía. Pero también aumentaban los rumores acerca de él, los mismos que le hicieron abandonar Florencia. El hecho de que fuese zurdo le procuraba muchos sinsabores. Decían que sus escritos sólo podían leerse mediante un espejo, y eso era cosa de brujerías. 

 

Su padre enviuda por tercera vez, y a los 60 años se vuelve a casar, En esta  ocasión eligió a madona Lucrecia di Cortegiani, quien aún llegó a tiempo de darle seis hijos, pues la vida parecía ser ampliamente generosa con ser Piero. Los años pasaban, y él seguía sintiéndose fuerte, capaz de nuevas empresas, y más amante de la vida que nunca.

 

En 1493 en Milán, y como una peregrina, aparece su madre Caterina, para ver a su querido hijo. Él insiste en que ella se quede cerca de él.

 

Pues lo será, madre mía, porque desde hoy tu ciudad será Milán. Vinci y sus dolores quedarán atrás. Leonardo alquiló y amuebló con cariño una apacible celda en el convento de mujeres de Santa Clara, próximo a las puertas Vercellinas, no lejos de su propia casa. Y allí se instaló la anciana Caterina. Su vida transcurría plácida y dichosa, tal como esperaban y deseaban. Pero a poco de estar en Milán la anciana cayó enferma y tuvo que guardar cama. Ella ya previno que su salud era delicada, y que sus días estaban contados. —Os llevaré a casa, madre, y allí podré cuidados mejor — dijo Leonardo. —No, hijo mío, no quiero que me lleves a tu casa. No quiero causarte ningún trastorno. Déjame aquí — rogó ella. —De ningún modo. Necesitáis cuidados...

 

Leonardo de Vinci quiso cumplir hasta en el último instante con el propósito que se hizo a la llegada de Caterina a Milán. Quiso comportarse como un auténtico hijo, amante y generoso. Le hizo magníficas exequias, igual que si Caterina hubiese sido una noble dama en lugar de una modesta criada de la posada de Anciano. Con esa misma exactitud que había heredado de su padre, el notario, y que le hacía apuntar hasta el más insignificante de sus gastos, anotó el coste de los funerales de Caterina. Y ahí terminó la existencia gris y triste de aquella pobre huérfana seducida por el apuesto notario florentino, que estuvo pagando durante toda su vida, con renuncias y sacrificios, su pecado de juventud, un pecado sin el que jamás el mundo hubiera tenido al más plural y diverso de sus genios: Leonardo de Vinci.

 

Con la entrada de Giovanni Beltraffio en la vida de Leonardo de Vinci son muchos los detalles de la vida del genio que podemos conocer mejor, a través del diario que escribió el discípulo, así como hemos podido saber por él cuál era el aspecto físico de Leonardo a los cuarenta y dos años: de rizos y barba rubios, manos delicadas, y una voz también suave. Se fue a casa de Leonardo y le rogó que le admitiese como discípulo en su taller. El artista accedió. Entre ambos se convino, como era costumbre, el pago de seis florines al mes por el derecho de vivir junto al maestro y aprender todo cuanto él sabía.

 

El joven Beltraffio pasó a formar parte del grupo incondicional que rodeaba a Leonardo. Eran los discípulos Marco d'Oggione, César de Sesto y Andrea Salaino, su favorito, quienes llegaron a ser famosos con tiempo. El último de ellos era un bello mancebo de ojos inocentes y bucles dorados, al cual solía tomar de modelo cuando pintaba ángeles.

 

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Retrato de Salaino.

 

Muere el sobrino de Ludovico, el verdadero heredero del trono por  envenenamiento hecho por la esposa de Ludovico, y culpan a Leonardo. Ludovico se alegra de la muerte de su sobrino de 24 años, y accede a tomar el trono.

 

«Nos, MAXIMILIANUS DIVINA AVENTE CLEMENTI, ROMANORUM REX SEMPER  AUGUSTUS, Nos te concedemos a ti, Ludovico Sforza y a tus herederos, todas las regiones, tierras, ciudades y pueblos, castillos, fortalezas, montañas, llanuras, bosques, praderas, ríos, lagos, caza, pesca, minas, dominios de vasallos, marqueses, condes, barones, conventos, iglesias y parroquias de Lombardía. Te declaramos, proclamamos y elegimos a ti, tus hijos, nietos y biznietos, como soberanos absolutos de Lombardía, hasta la consumación de los siglos.» Y mientras tanto, los rumores crecían y crecían. Por todas partes se aseguraba que Leonardo de Vinci era un asesino que había envenenado al verdadero soberano de Milán. Sus propios discípulos le miraban con recelo. Y él sonreía dulcemente, se enfrascaba en su trabajo y dejaba que las gentes hablasen y mirasen. El estaba por encima de los pequeños juicios humanos.

 

El clavo sagrado.

 

Se anunció que la más santa reliquia de Milán, uno de los clavos con que  clavaron a Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, iba a ser solemnemente transferido a la catedral. Moro esperaba que con esta ceremonia el pueblo quedaría complacido y su poder y su trono asegurados para siempre. Le piden a Leonardo que haga un mecanismo para elevar el clavo sagrado, pero una multitud enardecida trata de quemar la casa de Leonardo, acusándolo de asesino y de brujo. El pequeño Jacopo había podido avisar al capitán de la Milicia. Los condujo hasta la casa de Leonardo, y los soldados cargaron contra el populacho en el momento en que ya las puertas de la casa cedían al brutal ataque de los amotinados. Estos huyeron despavoridos, olvidándose a la vista de los soldados del objeto que los llevó hasta allí. Y al poco, la tranquilidad volvió a reinar en casa de Leonardo.

 

Pero en la revuelta, el  fiel Jacopo resultó herido en la cabeza, y la muerte se  lo llevó para siempre. Fue la única víctima de aquel injusto motín. Fue la prenda inocente que dio su vida a cambio de la del genio florentino. Este, sosteniendo en sus brazos el cuerpo del chiquillo, miró a los que le rodeaban silenciosos. Y escondiendo las lágrimas que brillaban en sus ojos azules, se encaminó hacia una de las habitaciones, en donde dejó al infeliz Jacopo.

 

Días más tarde se celebró en la catedral la fiesta del Sagrado Clavo. La Santa Reliquia fue ascendida a la cúpula en el momento determinado por los astrólogos, seres que en aquella época supersticiosa mandaban a su antojo.

 

El día 7 de abril de 1498, víspera del domingo de Ramos, murió repentinamente el cristianísimo rey de Francia Carlos VIII, aliado de Ludovico el Moro. Para el duque de Milán se avecinaban malos tiempos. Y no eran menos amargos los que aguardaban a Leonardo. Sucedió en el trono a Carlos VIII el peor enemigo de la casa Sforza, el duque de Orleáns, con el nombre de Luis XII. El nuevo rey francés anunció públicamente, al mes de subir al trono, que como nieto de Valentina Visconti, hija del primer duque de Milán, se consideraba como el único heredero legítimo al trono de Lombardía, y que se proponía reconquistar su herencia, destruyendo «el nido de aquellos bandoleros y usurpadores llamados Sforza»

 

Ya nadie pensaba en encargar nuevas obras a Leonardo de Vinci. Todo el mundo se preparaba para la guerra contra Francia. El tesorero del Estado, a pesar de la insistencia del artista, no le pagaba sus atrasos. Todo el dinero se necesitaba para los preparativos bélicos.

 

Hacia el 20 de noviembre de ese mismo año, reducido por la miseria al último extremo, Leonardo se decidió a escribir una carta al duque. Entre los papeles del gran genio se conserva el borrador de esta carta, confusa, incoherente, parecida al balbuceo de un hombre que tiene vergüenza y no sabe pedir.

 

«Señor: Aun sabiendo que el espíritu de Vuestra Alteza se halla enfrascado en graves negocios, pero con temor al mismo tiempo de que mi silencio no enfade a mi bienhechor, me atrevo a recordaron mis humildes necesidades y mi arte, condenado a la inercia... »Hace ya dos años que no he recibido en absoluto sueldo alguno...

 

»Algunas personas al servicio de Vuestra Alteza pueden esperar, porque tienen otras rentas que les permiten cubrir los gastos más necesarios, pero yo, con mi arte, que hace tiempo debí abandonar por otro oficio más lucrativo...

 

» Mi vida está al servicio de Vuestra Alteza, que me encontrará pronto a obedecerle constantemente. »No os hablo del monumento, pues no ignoro que el rigor de los tiempos...

 

»Me alarma la idea de que la necesidad de ganar mi vida me obligue a interrumpir mis trabajos, consagrándome a bajos menesteres. He tenido que  alimentar a seis personas, durante cincuenta y seis meses, con cincuenta ducados...

 

»No sé en qué podría emplear mi actividad...

 

»¿Debo pensar en la gloria o en el pan cotidiano?»

 

Esta carta, que tanto esfuerzo debió de costar a Leonardo el escribirla, porque va claramente contra sus principios, no obtuvo respuesta. En la corte reinaba el miedo y el dolor. El artista tendría que seguir subsistiendo con los exiguos medios que la generosidad o avaricia de algunas gentes le otorgaban.

 

Eran los primeros días del mes de marzo de 1499. Leonardo recibió, cuando menos lo esperaba, de la Tesorería ducal los honorarios que desde hacía dos años le adeudaban. Fue un dinero llovido del cielo, que le vino a las mil maravillas.

 

Poco tiempo después, volvió a recibir otra prueba del favor ducal. Ahora fue  un documento lo que llegó a sus manos. Decía así: «Ludovico María Sforza, duque de Milán, hace donación a Leonardo el florentino, ilustrísimo artista, de un viñedo de dieciséis hileras, adjunto al convento de San Vittorio, cerca de la Puerta Vecellina.»

 

Poco después entraba en Milán, entre las aclamaciones del pueblo, el  mariscal del rey de Francia, Gian Giacomo Tribulzio.

 

Los soldados franceses, ignorantes, destruían el coloso de yeso. Leonardo queriendo huir y no pudiendo salvarla, contemplaba dócilmente cómo se aniquilaba aquella obra que le costó realizar los dieciséis mejores años de su vida. ¡Qué impresión tan terrible la suya! Bajo la granizada de balas, flechas y piedras, el Coloso de yeso caía en pedazos, dejando al descubierto la armadura, semejante a un esqueleto de hierro. Y Leonardo, después de dar una última mirada a su obra destruida, emprendió el regreso a casa, llevando en el corazón la más grande desilusión de su vida. Su obra cumbre escultórica, su gran esperanza, se había convertido en polvo antes de que hubiera podido verla fundida en bronce.

 

En los primeros días de noviembre, Luis XII partió hacia su reino, confiando  el gobierno de Lombardía a su mariscal Tribulzio. Pero los partidarios del Moro excitaban al populacho. El tirano odiado era ahora deseado como nunca. Todos pedían su vuelta. Nadie quería a los franceses. Y comenzó una cruenta revolución. Robos, saqueos, incendios, matanzas. Leonardo, temiendo los efectos del bombardeo que destruía la ciudad, se instaló en los sótanos de su casa, donde improvisó servicios, dispuso chimeneas y arregló habitaciones. Allí se llevó cuadros, dibujos, manuscritos, libros, instrumentos. Fue entonces cuando tomó la decisión de entrar al servicio de César Borgia.

 

Hubo una inundación en el monasterio donde estaba La Última Cena.  Leonardo se percató que estaba llena de humedad. Se sintió desolado. Al igual que «El Coloso», «La Sagrada Cena» desaparecería. Sus dos grandes obras morirían antes que él mismo. Su soledad era irremediable. ¡Qué tremendo dolor! Todo lo que había constituido el fin de su vida desaparecía como una sombra.

 

Cuando regresó a casa y contempló a Astro tendido en la cama (recordemos  que Astro intentó solo volar con la máquina voladora de Leonardo y se estrelló contra el suelo), delirando de modo desgarrador, Leonardo sintió que su corazón se rompía en pedazos. Tal era su desconsuelo, su incontenible dolor. — ¡Él también se ha perdido por mi culpa! — murmuró—. Todo se pierde por mi culpa. ¿Qué hacer, Dios mío? ¿Cómo remediar tantos fracasos? ¿Por qué todas mis obras se pierden sin piedad? Mientras Leonardo se preguntaba sin hallar respuesta, en las calles reinaba el terror. Las gentes habían desatado sus diabólicos instintos y causaban estragos. Los franceses estaban sitiados en la ciudadela, pero sus cañones no cesaban de bombardear, destruyendo cientos y cientos de casas. La ciudad era un caos infernal. Desengañado y triste, sintiéndose más solo y desgraciado que nunca, Leonardo de Vinci dijo su adiós a Milán. Partió directamente hacia la villa de su amigo Melzi, en Vaprio, a cinco horas de la capital. Allí pensaba encontrar la paz que era imposible hallar en medio de la espantosa revolución.

                            

La Última Cena.

 

Esta obra fue pintada por el maestro Da Vinci entre 1494 y 1498 para recrear la última cena entre Jesús y sus discípulos. Se dice que tardó 10 años en pintarla, y con técnicas nuevas, que hicieron que la pintura se deteriorara a los 10 años de pintarla.

 

Su gran tamaño alcanza los 4,60 metros de altura y los 8,80 metros de ancho  elaborada con tempera sobre yeso. Se encuentra ubicada en el comedor del antiguo convento dominico de Santa María delle Grazie, donde fue plasmado originalmente.

 

Está considerada como una de las obras más importantes de todas las épocas, por la modalidad novedosa en sus técnicas y por el realismo de sus figuras, que han sido descritas como parte de “la pintura que habla”.

 

De acuerdo con algunos investigadores, Leonardo habría reflejado en el  fresco de La Última Cena su concepción filosófica sobre la llamada triada platónica, muy valorada en aquellos años. La triada platónica estaría conformada por los valores de la Verdad, la Bondad y la Belleza, siguiendo la línea de la Academia Platónica Florentina, de Ficino y Mirandola.

 

Mientras vivió no quiso que se publicara nada suyo, a pesar de que escribía  sus notas como si las dedicase a posibles lectores. Al final de uno de sus diarios, se excusa del desorden de sus notas y de las frecuentes repeticiones de esta manera: «No me lo censures, lector, porque los temas son innumerables y mi memoria no podría retenerlos ni acordarse de cuáles he hablado o no en notas anteriores. Siempre escribí de una manera caprichosa y discontinua».

 

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Leonardo da Vinci: La última cena. 1498. Témpera y óleo en yeso, brea y masilla. 4,6 x 8,8 mts. Refectorio del Convento Santa Maria delle Grazie, Milán, Italia.

 

Leonardo confiaba en que llegaría el día en que los hombres comprenderían sus ideas y argumentos. Era como un hombre que se despierta muy temprano, cuando todavía no ha amanecido y todo el mundo duerme. Él escribía para el porvenir.

 

La estancia en la solitaria villa era cada día más peligrosa. Bandas de  forajidos merodeaban por los alrededores, y la vida de sus habitantes no estaba segura. Messer Girolamo Melzi organizó la marcha a Chiavenna con el pequeño Francisco y su hermana Bona. La noche del 14 de abril de 1500 fue la última que Leonardo pasó en la villa de su amigo. En su diario anotó: «Moro ha perdido sus Estados, sus bienes y la libertad. Su ambición ha terminado por aniquilarle». 

 

Dos días más tarde, después de haber abrazado a tío Francesco y de haber regresado a Florencia, Leonardo de Vinci partió definitivamente al encuentro de César Borgia, su nuevo señor. Ante él, un destino desconocido. Nuevas esperanzas renacían en su corazón, sobre las ruinas de las que perecieron cruelmente.

 

Durante dos años, gracias a sus crímenes y traiciones, César Borgia  conquistó los antiguos Estados de la Iglesia, sembrando el terror entre los príncipes italianos, quienes veían claramente el juego del ambicioso duque. Comprendían que la meta perseguida era convertirse en dueño y señor absoluto de toda Italia. Y todos, ya prevenidos, se aprestaron a defender sus pequeños reinos. Leonardo de Vinci era íntimo e inseparable del malvado Borgia. Lo acompañaba a todas partes, allí donde habían de tener lugar las más crueles y traidoras batallas. Leonardo levantaba edificios, escuelas, bibliotecas y cuarteles en las ciudades conquistadas. Abría canales, construía fortalezas, fabricaba máquinas de guerra, dibujaba mapas militares... De una manera inconsciente, absorto en sus invenciones, el sabio florentino estaba ayudando a su diabólico señor a hacer verdad el lema del joven Borgia: ¡César o nada!

 

Leonardo y Nicolo Maquiavelo se hicieron grandes amigos. Leonardo, para prestar sus servicios; Maquiavelo, para negociar con el duque por cuenta de Florencia.

 

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Maquiavelo, Leonardo da Vinci y Cesar Borgia

 

Se decía también de César Borgia que su fuerza física era muy grande; que un día, en una lucha de toros, César hundió de un sablazo el cráneo de una de las bestias. Sus manos doblaban las herraduras, torcían barrotes de hierro y rompían cables. Y al mismo tiempo era un cumplido caballero y árbitro de la moda mundana. A cien leguas se distinguía su persona, bella, atractiva y con cierto encanto femenino, y también era generoso con su pueblo.

 

Era 1503. Por aquel entonces, Leonardo estudiaba anatomía en el hospital del Sancto Spirito, y Giovanni le ayudaba. Alguna vez le acompañaba también al Vaticano, palacio del papa Borgia Alejandro VI, a donde debía acudir con frecuencia Leonardo, por razón de sus servicios al duque de Valentinois, puesto que éste residía en el palacio papal. Durante esta época pintó su «San Jerónimo».

 

Con la llegada del verano, arribó a Roma una terrible enfermedad: la malaria.  Las gentes morían sin remedio. Cada día la epidemia estaba más extendida. Y a pesar de las precauciones, las fiebres se introdujeron en el Vaticano. Borgia también enfermó. Aún así escuchaba los informes, dictaba cartas, daba órdenes... Pero la muerte del Papa y su propia enfermedad, conocidas en toda Italia, fueron causas de que todo lo conquistado hasta entonces se derrumbara tristemente. Los príncipes, a los que venció con traiciones, se rebelaron contra él.

 

Al margen de estos acontecimientos, Leonardo seguía con su trabajo. Sin embargo, a pesar de esta febril actividad, Leonardo de Vinci comprendía que su estrella se apagaba al mismo tiempo que dejaba de brillar la de César Borgia. Sus servicios en una corte que se extinguía no serían necesarios, y él se vería obligado a buscar nuevamente un refugio para su persona, su arte y su ingenio. Su peregrinaje no parecía tener fin. Comenzó con la caída del Moro, tres años antes, y sólo Dios sabía cuándo acabaría.

 

Por suerte para Leonardo, la fama de su buen arte era casi tanta como la de su impiedad, herejía y demás acusaciones de que se le había hecho objeto. Y así tuvo la buena fortuna de que, en el otoño del año 1503, Piero Soderini, gonfaloniero de la República florentina, le envió un emisario invitándole a entrar a su servicio.

 

Ya en Florencia, Leonardo es recibido por por Piero Soderini con grandes muestras de simpatía. En cierto modo, el gonfaloniero florentino se sentía protector del artista, porque es bien cierto que Leonardo, en su patria, era considerado como un traidor, puesto que dibujó los mapas militares que permitirían a César Borgia conquistar la República. Soderini le propone decorar la gran sala del Consejo, y que se encargara de uno de los lienzos.

 

¿Os agradaría la batalla de Angieri? — inquirió al fin. — ¡Magnífico! Puede ser un excelente asunto, messer. La batalla de Angieri era una gesta victoriosa realizada por los florentinos, en el año 1440, contra Nicolo Picinino, general del duque de Lombardía Filippo María Visconti. Lo que fastidió bastante a Leonardo es que, al aceptar el encargo, tuvo que firmar un contrato, estipulando como un delito el menor retraso.

       

A Miguel Angel le encargan otro lienzo en otra pared del consejo, y reviven la rivalidad que siempre habían tenido ambos.

 

Los florentinos seguían interesados el duelo de Leonardo y Miguel Ángel. La ciudad entera estaba dividida en dos bandos. Tanto creció la expectación, que el ambiente llegó a ser tenso y violento. Y Leonardo, poco amante de querellas y disputas, decía:

 

—A veces creo que si pudiera hablarle a solas, todo se explicaría. Comprendería que no soy su enemigo y que ningún hombre es capaz de admirarle como yo. Todo el desastre viene de que es demasiado tímido y está poco seguro de sí mismo. Momia Lisa, con quien solía hablar Leonardo, durante las sesiones de «pose», le respondía: —Messer Buonarotti os odia porque sois más fuerte que él, como la calma es más fuerte que la tempestad. Y Miguel Ángel seguía mostrándose rebelde y enemigo de Leonardo.

 

Cierto día, hablando con Soderini, salió a la conversación el nombre de  Francesco di Giocondo, ciudadano florentino muy acaudalado, absorto en los negocios y en los asuntos de Estado. —Os lo puedo presentar, si queréis —ofreció Soderini—. Tal vez os haga algún encargo interesante. — ¿Es aficionado al arte? — preguntó Leonardo. —Más que él lo es su esposa. Monna Lisa está convirtiendo su casa en un verdadero museo. —Tendré un gran honor al poder ofrecerle mis respetos.

 

Monna Lisa apareció en la sala. Desde el primer momento, sin poder explicarse la razón exacta, Leonardo se sintió atraído hacia aquella joven dama. Es decir, la razón podía ser que le recordaba vivamente a la pequeña Florinda, la doncella de la villa Rucellari, su amor de adolescente. Sí, Monna Lisa se le parecía mucho. Poseía su mismo encanto. Era como la bella Florinda hecha mujer. Y lo más interesante es que el artista le pareció adivinar en la mirada de ella una turbación, una emoción indefinida. Mas como Monna Lisa era honesta y pudorosa, evitó durante la conversación dirigir sus ojos hacia el maestro. Sin duda, quería evitar que Leonardo descubriera su turbación.

 

Leonardo, que era de natural tranquilo, cuando aguardaba la llegada de Monna Lisa se mostraba inquieto, casi impaciente. Giovanni Beltraffio, su discípulo, observó este fenómeno. Lo único que sabía Giovanni acerca de la Gioconda era lo que sabía todo el mundo: su belleza, sus muchas virtudes y su vida ejemplar.

 

Giovanni tenía la impresión de que Leonardo había ya pintado, dibujado y esculpido el rostro de Monna Lisa, en muchas de sus obras, aun antes de conocerla. Era como si el artista hubiera ido buscando durante toda su vida la perfección de un rostro y un encanto femeninos, para encontrarlos al fin en la «Gioconda».

 

Otra desgracia se cierne sobre Leonardo: Mona Lisa se va de viaje con su marido, y muere. El retrato queda inconcluso, y Leonardo, destrozado.

 

La muerte de Monna Lisa era una cruel realidad. Una vez más, el fracaso le hundía en la amargura y la soledad. Ella desaparecía para siempre, y su retrato quedaba sin concluir, como casi todas sus obras. Su destino era triste, muy triste. Su corazón sentía un inmenso vacío, que ya tal vez nada podría llenar.

 

En los diarios de Leonardo se lee esta nota: «El miércoles, 9 de julio de 1504, a las siete de la tarde, murió mi padre, ser Piero de Vinci, notario del Podestá. Tenía ochenta años. Deja diez hijos varones y dos hembras.» Su padre había dicho varias veces ante testigos que a su hijo ilegítimo dejaría la misma parte de herencia que a los demás. Pero es el caso que a la hora del reparto, a él nada le tocó.

 

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La Monalisa y un desnudo.

 

Leonardo era enemigo de los asuntos de familia y de los procesos judiciales,  pero su situación económica estaba entonces tan embrollada, que consintió en ello. Y comenzó un pleito escandaloso, que debía durar seis años, y en el que se sacaron a relucir todas las injustas acusaciones de que fue víctima Leonardo a lo largo de su vida.

 

A todo el cúmulo de sinsabores que se le venía encima, se unió el fracaso del  cuadro que pintaba sobre la batalla de Angieri. Quiso probar por segunda vez el mismo procedimiento empleado en «La Sagrada Cena», y resultó un nuevo fracaso, a pesar de añadir perfecciones al sistema. Tuvo que abandonar la obra. Y fue acusado de estafa contra los bienes del Tesoro, pues había recibido grandes anticipos de dinero, Quiso restituirle, pidiendo a unos y a otros, pero ser Piero Soderini se negó a aceptarlo.

 

Todas sus obras se le escapaban de las manos, desaparecían. Nada quedaba  de todo lo hermoso que ideó su mente y creó su espíritu inquieto. Y en aquel caos de amargura, fue a su estudio, se acercó a un cuadro colocado sobre un caballete, cubierto con una tela, que separó lentamente. Era el retrato de Monna Lisa. No lo había descubierto desde el día en que trabajara en él por última vez, cuando su última entrevista. Había en aquel rostro tal vida, que quedó asustado ante su propia creación. Comprendió que el hechizo de Monna Lisa era todo lo que había buscado en la naturaleza con una curiosidad insaciable. Comprendió que el misterio del mundo era el misterio de Monna Lisa.

 

A petición de Carlos d'Amboise, lugarteniente del rey de Francia, Leonardo de Vinci fue autorizado por la Señoría florentina para ausentarse de Florencia durante tres meses. Y partió nuevamente hacia Milán.

 

Gracias a una nueva intervención del lugarteniente francés y del propio rey,  se le concedió más tarde un permiso ilimitado. Hasta que, en el año 1507, pasó definitivamente al servicio de Luis XII, y se instaló en Milán, no volviendo más que muy raras veces a Florencia. Transcurrieron cuatro años lentos, monótonos, sin ningún suceso destacado en la vida del genial artista.

 

Desde el día en que, en 1507, Leonardo se instaló en Milán, era considerado  el pintor de la corte del rey de Francia, Luis XII. Pero no recibía sueldo alguno. Sólo contaba con las gratificaciones, y como sea que, con los años, el artista trabajaba cada vez menos y más lentamente, pasaba el tiempo sin recibir dinero. Escribió las mismas cartas, embarazosas y humildes, que años antes escribiera al Moro. Pero todo inútil. Tuvo que pedir dinero hasta a sus discípulos. Se sentía tan inútil al servicio del pueblo como al servicio de los príncipes. Siempre y en todos sitios era un extranjero, un extraño. Seguía errante, sin hogar, y sin saber donde apoyaría su cabeza antes de morir.

 

En cambio, Rafael, aprovechándose de la generosidad del Papa, de casi  mendigo se había convertido en un rico patricio romano. Y Miguel Angel ahorraba dinero. Leonardo seguía con las manos vacías, como siempre. Era su triste destino. A principios de 1513, Giuliano de Médicis invitó a Leonardo a entrar a su servicio. Precisamente, al morir el papa Julio II, Giovanni, hermano de Giuliano, le sucedió con el nombre de León X. Así es que el artista pasaba al servicio del Papa, pues éste nombró a su hermano primer capitán y gonfaloniero de la Iglesia Romana, cargos que había ocupado en su tiempo César Borgia. Y como antes fue de Lorenzo de Médicis a Moro, de Moro a César Borgia, de César a Soderini, de Soderini a Luis XII, Leonardo iba ahora hacia su nuevo protector, Giuliano de Médicis, con penosa resignación, como eterno errante, como peregrino sin esperanzas.

 

En sus diarios se lee: «El 23 de septiembre de 1513, salí de Milán para Roma,  acompañado de Francisco Melzi, Salaino, César, Astro y Giovanni». A su llegada a Roma, Leonardo trató de obtener una audiencia del Papa. Pero era muy difícil conseguirla. Había que esperar meses enteros. Y una tarde, cuando regresaba del Vaticano, tras una nueva espera infructuosa, entró en su casa, en la misma que habitó en su anterior estancia, cuando el reinado de Alejandro VI. En un rincón, estaba Astro, balanceándose al son de su triste cancioncilla. — ¿Qué tal, Astro? — le preguntó afectuosamente. —Yo estoy bien —respondió balbuciente—. Estoy bien. Pero Giovanni... ¡Bah! El también está mejor así... ¡Ha volado!...

 

— ¿Qué dices, Astro? ¿Dónde está Giovanni? — preguntó inquieto. Pero el  lisiado no le hizo caso. —Astro, te lo ruego, amigo mío —insistió—. Acuérdate bien. ¿Dónde está Giovanni? Tengo necesidad de verle en seguida. ¿Dónde está? ¿Qué le ha sucedido? ¿Me comprendes, Astro? — ¿No lo sabéis todavía? Está arriba, está quieto... tieso... Venid. Os lo voy a enseñar... Pero no os asustéis... Se levantó y apoyándose en las muletas, condujo a Leonardo escaleras arriba. Allí, en el granero, estaba el discípulo que durante toda su vida se debatió en un mar de dudas. Sí, estaba allí, pero estaba muerto, frío, inmóvil... Leonardo sintió deseos de huir, de pedir socorro, pero no pudo hacer ningún movimiento y quedó petrificado de terror entre sus dos discípulos: un muerto y un loco.

 

El Papa no tenía nunca tiempo de recibir al artista. Y los asuntos de éste iban  de mal en peor. La mayor parte de sus ínfimos ingresos servían para pagar los intereses de las antiguas deudas, que se veían constantemente incrementadas por otras nuevas. Sin la ayuda de Francisco Melzi, que había heredado de su padre, Leonardo se hubiera visto reducido a una extrema miseria. En el verano de 1514, el anciano maestro enfermó de malaria. Fue aquella la primera enfermedad grave de toda su vida. No tomó ninguna medicina, ni se dejó tratar por ningún médico. Les tenía verdadero horror, porque los creía unos farsantes. Únicamente le cuidaba Francisco. De día en día el artista se sentía más unido a él, comprendiendo la sencillez de su afecto. Pensaba que Dios le había enviado con este muchacho un último amigo, un ángel guardián, el báculo de su vejez errante. Cercano ya el otoño, desapareció la malaria, pero Leonardo quedó débil, muy débil. Desde la muerte de Giovanni, agravada su situación con la enfermedad, el artista había envejecido como si hubiesen pasado muchos años. Se sentía deprimido por una extraña melancolía que se parecía a la laxitud de la muerte.

 

Durante la enfermedad de Leonardo, César de Sesto desaparecía de la casa  durante semanas enteras. En otoño, marchó definitivamente y no volvió más. El maestro preguntó a Francisco. —César ha marchado a Siena para ejecutar un encargo urgente, messer Leonardo — mintió el muchacho, bajando los ojos. El maestro debió creer o fingió creer la inhábil mentira. El caso es que no volvió a preguntar, pero las comisuras de sus labios temblaron ligeramente. Iba quedando solo. ¡Qué poco le quedaba ya! Y lo peor es que, más tarde supo que César le había traicionado, yéndose al taller de Rafael, su rival directo. Así se cumplía el presentimiento que tuvo un tiempo atrás. Su desengaño fue muy grande. Leonardo envejecía por momentos. Sus cabellos y su espesa barba, que llegaba hasta el centro del pecho, eran grisáceos. Su rostro estaba surcado de arrugas. Su boca tenía una expresión de eterno hastío. Su mirada azul, en cambio, conservaba la agudeza y la intrépida curiosidad de siempre.

 

Al cabo del tiempo, cediendo a instancias de su hermano Giuliano de  Médicis, el Papa encargó a Leonardo un cuadrito. Según su costumbre, el artista retrasó el comienzo. Se ocupaba en hacer experimentos sobre la fabricación de colores y de una nueva laca que había de emplear en su nuevo cuadro. Al saberlo, León X exclamó: —Este extravagante no hará nunca nada, porque piensa en el fin antes que en el comienzo. Estas palabras se divulgaron por la ciudad entera. La suerte de Leonardo de Vinci estaba echada. Se había pronunciado el fallo. Miguel Ángel y Rafael podían descansar tranquilos sobre sus laureles. Leonardo, su rival, acababa de ser aniquilado totalmente con las palabras del Papa, conocedor y amante del arte. El día 1 de enero de 1515, Luis XII murió. Francisco de Valois, duque de Angulema, esposo de la hija de Luis, Claudia de Francia, e hijo de Luis de Saboya, le sucedió en el trono. Fue Francisco I. Este no tardó en reconquistar la Lombardía, destronando a Moretto, hijo del que fue Ludovico el Moro. Viendo que nada le quedaba por hacer en Roma, Leonardo de Vinci decidió partir en busca de fortuna cerca del nuevo rey y, en el otoño del mismo año, partió hacia la corte de Francisco I en Pavía.

 

En Lombardía recordaron que el artista había organizado fastuosos  espectáculos y festines en tiempos del Moro. Y también entonces le encargaron los organizase en honor del rey triunfador. Leonardo construyó un león animado que, en una de las fiestas, atravesó toda la sala y se detuvo ante el rey. Luego se puso sobre las patas traseras, y de su pecho abierto fueron cayendo a los pies de Su Majestad lises blancos de Francia. Este ingenioso juguete dio más gloria al artista que todas sus obras, inventos y descubrimientos. Francisco I le invitó, como a todos los sabios y artistas de Italia, a entrar a su servicio. A él le ofreció setecientos ducados al año y para vivienda el pequeño castillo de Cloux, en Tevena, cerca de Amboise, entre Tours y Blois. Leonardo de Vinci aceptó. Y a los sesenta y cuatro años de edad, eterno exiliado, dejaba a su patria sin pena y sin esperanza de volver jamás. Marchó de Milán a Francia, en compañía de su viejo criado Villanis, su criada Maturina, el adolescente Francisco Melzi y el pobre loco Zoroastro de Peretola. Esto era todo lo que poseía. La amistad de estos cuatro fieles era todo su tesoro, un tesoro que le acompañaría hasta el fin de sus días.

 

Francisco I estaba decidido a poseer «La Gioconda» y ofrecía un precio  fabuloso por ella. Cuatro mil escudos. —Mañana mandaré a recoger el cuadro —dijo, dando por zanjada la cuestión. Cuando Leonardo quedó solo, se dejó caer en un sillón. Fijaba sobre  a Gioconda una mirada perdida, como si no acabara de comprender que había sucedido. Se le ocurrieron mil ideas absurdas y pueriles a zafarse del mandato real. Bruscamente, tomó una decisión. Se puso en pie y ordenó a Francisco Melzi que le acompañase. Estaba resuelto a hablar con el rey. Y abandonando su castillo emprendió eI camino del castillo real. Fue recibido por Francisco I y su hermana, la encantadora princesa Margarita. Venciendo su gran timidez, Leonardo pidió:

 

Señor, no os quedéis con ese retrato, os lo ruego. No me importa el dinero. Lo que quiero es el retrato mismo. Dejádmelo hasta que muera. La princesa le contemplaba interesada. El rey se encogió de hombros y frunció el ceño. —Señor —intervino la princesa, dirigiéndose a su hermano—, conceded lo que os pide el maestro Leonardo. Tened piedad de él. Lo merece, hermano mío. — ¡Cómo! ¿Vos le apoyáis? —Pero, ¿no lo comprendéis? —le murmuró la princesa al oído—. ¡Es que la ama todavía! —Pero si ha muerto. – ¡Qué importa! ¿Es que no se ama a los muertos? ¿No decís que el retrato se la ve tan viva que parece que está hablando? Vamos, hermano mío, sed bueno. Dejadle el último recuerdo del pasado. No amarguéis la vejez del gran artista. —Pues bien, sea, maestro Leonardo —dijo el rey, sintiendo el impulso de mostrarse generoso con el desvalido artista—. Has sabido elegir una buena protectora. Estate tranquilo, se cumplirá tu deseo. Pero no olvides que el cuadro me pertenece. De todos modos, serás pagado de antemano. —Y dándole un cariñoso golpecito en la espalda, reafirmó —: Amigo mío, yo te lo aseguro, nadie te separará de tu Monna Lisa. Visiblemente emocionado, Leonardo besó en silencio la mano que le tendió la princesa con dulce sonrisa, y se retiró del salón y del castillo real. En su corazón, seguía intacta la esperanza de ver cada día y a todas horas a «La Gioconda». Un día de otoño de 1518, Leonardo se sintió verdaderamente enfermo.

 

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San Juan Bautista.

 

Pasaron algunos meses, ya Leonardo no podía pintar como antes. El último cuadro que pintó fue San Juan Bautista. Ya te lo decía, Francisco —dijo con extraña y dulce sonrisa—, ya te lo decía que acabaría bien pronto. Ya acabé. No temas. No volveré a empezar. Estoy viejo y torpe, más torpe que Astro. Ya no sé nada. Y lo que sabía, lo he olvidado. ¡Se acabaron las alas! Y cogiendo las cuartillas, las estrujó y arrojó al suelo con furor. A partir de este día, su estado empeoró. Y un día, posando su delgada mano sobre la de Francisco, dijo con dulce sonrisa: —Hijo mío, envía a casa de fray Guillermo y dile que venga mañana. Quiero confesarme y comulgar. Ve a buscar también a nuestro amigo el notario.

 

El 23 de abril, sábado de Pasión, cuando el notario fue a verle, le comunicó  su última voluntad. Como completa reconciliación, legaba a sus hermanos, con quienes se hallaba en litigio, los cuatrocientos florines que había dejado en depósito en casa del camarlengo de la iglesia de Santa María Nuova de Florencia. A Francisco Melzi, sus libros, sus instrumentos científicos, máquinas, manuscritos y el resto de los emolumentos que debía percibir del tesoro real. A su criado Battista Villanis, los objetos domésticos del castillo de Cloux y la mitad de la viña que poseía bajo la muralla de Milán. A su discípulo Andrea Salaino, la otra mitad de ese mismo viñedo. Y a la vieja sirvienta Maturina, en recompensa de sus fieles y largos años de servicio, le atribuyó un traje de buen paño negro, una cofia, también de paño forrado de pieles, y dos ducados de plata. En cuanto a sus exequias, rogó al notario que tratase con Melzi, a quien instituyó su ejecutor testamentario. Después, fray Guillermo entró en la habitación con los Santos Sacramentos, y todo el mundo se retiró. Cuando volvió a salir, dijo a Francisco: —Sumiso a la voluntad de Dios, ha cumplido todos los ritos con humildad cristiana. Digan lo que quieran las gentes, hijo mío, Leonardo de Vinci será absuelto y morirá en el seno de la Iglesia Católica.

 

Por la noche, el enfermo empezó a sofocarse, no respiraba bien, no veía ya,  ni oía nada. Durante varios días aún parecía vivo a los que le rodeaban, pero no volvió a recobrar el conocimiento.

 

En la mañana del 2 de mayo de 1519, Francisco Melzi y fray Guillermo  advirtieron que su respiración se debilitaba. El fraile comenzó a leer la plegaria de los agonizantes. Poco después, el discípulo puso la mano sobre el corazón del maestro y notó que ya no latía. Leonardo de Vinci acababa de expirar. En aquel instante, la golondrina, que sin duda había buscado al maestro por toda la casa, entró en el dormitorio. Revoloteó y se posó, al fin, sobre las manos de Leonardo. De pronto levantó el vuelo y escapó por la ventana abierta, desapareciendo en el cielo. Francisco pensó que, por última vez, el maestro había hecho aquello que tanto le agradaba: dar la libertad a un prisionero con alas.

 

Leonardo de Vinci fue enterrado en el convento de San Florentino, pero pronto su tumba olvidada fue borrándose, lo mismo que el recuerdo de él mismo. El lugar donde reposan sus cenizas ha quedado desconocido para la posteridad.

 

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Estatua de Leonardo da Vinci, Florencia, Italia

 

Esta es la única estatua de Leonardo da Vinci que ha sobrevivido hasta nuestros días. Así lo afirman dos reconocidos estudiosos del maestro del genio italiano, comisarios de una exposición que exhibe la pieza junto a los dibujos del maestro en los que basan la autoría.

https://www.abc.es/cultura/arte/abci-esta-unica-estatua-leonardo-vinci-sobrevivido-hasta-nuestros-dias-201903120146_noticia.html

 

Autopsias.

 

Uno de los casos más curiosos, es el de un hombre de 100 años, al que Leonardo esperó su muerte, y fue el primer caso de la historia clínica en determinar que había muerto de arterioesclerosis, al compararlo con otras personas más jóvenes.

 

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Dibujo del hombre universal, el hombre de Vitruvio.

 

        Sus descubrimientos sobre la válvula cardíaca se derivaron de las intensas investigaciones sobre los fluidos. La dinámica que estaba haciendo alrededor de 1510, incluido un análisis de cómo el agua fluye desde las tuberías en un tanque creando remolinos.

 

Leonardo realizó decenas de autopsias, pero debido a la intervención de la Iglesia, tuvo que poner fin a esa práctica.

 

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Dibujo de un corazón.

 

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Dibujo de un feto.

 

BIBLIOGRAFÍA.

https://personajeshistoricos.com/c-polimatas/leonardo-da-vinci/

file:///C:/Users/Administrator/Desktop/LEONARDO%20DA%20VINCI/BiografiadeLeonardodaVinci-CVerdejo.pdf

https://www.culturagenial.com/es/cuadro-la-ultima-cena-de-leonardo-da-vinci/

https://www.facebook.com/Arte21online/videos/documental-biografia-leonardo-da-vinci/326784638428669/