Mercurio     

 

INTRODUCCIÓN.

 

      El planeta Mercurio se conoce desde la antigüedad. Su nombre proviene del dios griego Hermes, llamado Mercurio por los romanos, el cual era mensajero de los dioses y protector de los mercaderes, viajeros y ladrones.  

 

      Por encontrarse en órbitas inferiores a la Tierra, al observarlo a través de  telescopios, presenta fases como la Luna

 

 

      En su movimiento en torno al Sol, consigue acercarse y alejarse de nosotros. Cuando se encuentra cerca, se aproxima a 79 millones de kilómetros y el disco planetario se observa con fase y ocupa un tamaño de 13,3" (segundos de arco). Al alejarse, la fase disminuye en el disco, pero también su tamaño, llegando a medir 4,8". Para ese momento el planeta se encuentra a unos 220 millones de kilómetros.

 

 

      Astrónomos en el pasado buscaron confeccionar mapas de su superficie, los cuales resultaron ser muy vagos. Famosos fueron los esfuerzos realizados por G. Schiaparelli, entre los años 1882 y 1889, y E. Antoniadi, entre los años 1924 y 1929

 

      Mercurio se encuentra vinculado a dos grandes descubrimientos en la astronomía planetaria. 

 

      El primero de ellos tiene que ver con la existencia de los campos magnéticos, el segundo con la comprobación experimental de la teoría de la Relatividad General de Albert Einstein

 

 

      Antes, los astrofísicos pensaban que los polos y campos magnéticos tenían que ver con la velocidad de rotación del planeta. Como Mercurio gira muy lento, los astrónomos planetarios pensaban que no tenía campo magnético. Cuando la sonda espacial Mariner 10 se acercó al planeta, lo primero que evidenció fue la presencia de un campo magnético, trayendo como consecuencia que los astrónomos desecharan la idea de la generación del campo magnético por efecto de la velocidad de giro del planeta.

 

 

      El segundo descubrimiento se desarrolló de la siguiente manera. La órbita de Mercurio tiene perturbaciones que se evidencian en el adelanto o Precesión del Perihelio del planeta. Esto produce un giro completo del Perihelio en 230 siglos, lo que significa un desplazamiento de 1,5º por cada 100 años.

 

 

       Gran parte de ese desplazamiento se encuentra justificado por la influencia de los demás planetas sobre Mercurio, pero la existencia de 42,6"/siglo (segundos de arco por siglo) de diferencia que permanecían inexplicados, trajo como consecuencia uno de los episodios más infelices de la astronomía planetaria.    

 

 

      Urbain LeVerrier, famoso por haber predicho la posición del planeta Neptuno, descubierto en 1846, postuló en 1859 que esa diferencia se debía a la existencia de un planeta entre el Sol y Mercurio. Al publicar sus cálculos, algunos astrónomos reportaron haberlo visto e inmediatamente LeVerrier procedió a llamarlo Vulcano. Los siguientes años estuvieron dominados por la incesante búsqueda de este misterioso planeta, que a la muerte de LeVerrier (en 1877) todavía no había sido confirmada. Esta disyuntiva fue totalmente concluida en 1909, cuando el director del Observatorio de Lick, W. Campbell sentenció que el referido planeta "no existía".

 

 

      Al publicarse la teoría de la Relatividad General, seis años después, y aplicar sus ecuaciones al movimiento del planeta, arrojó una diferencia de 43" debido a la curvatura del espacio producida por la fuerza gravitatoria del Sol. Un error inferior al 1% con respecto a los datos experimentales.

 

 

       Por su rapidez en el cielo y por lo bajo en el horizonte, es muy escurridizo y de difícil observación. Se cuenta que muchos astrónomos famosos de la antigüedad no pudieron verlo. Nicolás Copérnico, padre de la astronomía planetaria y fundador de la actual concepción del Sistema Solar, nunca pudo observarlo.