A  S  T  R  O  B  I  O  G  R  A  F  I  A  S 


 

Pierre Simon de Laplace
(Normandía, 23 de marzo, 1749 - Paris, 05 de marzo, 1827)

por Rafael A. Fuentes Dávila

Asociación Larense de Astronomía, ALDA.

Sin duda alguna que referirse a la vida y obra de este genio de la humanidad, en pocas líneas, es una ardua labor. Este personaje tuvo como marco una Francia motivada por los novedosos progresos de la ciencia y de las incursiones de los más conspicuos hombres de aquel entonces.

 

Pierre Simon de Laplace, el marqués de Laplace, de origen modesto y perteneciente a una familia de agricultores, nació el 23 de Marzo de 1749 en Beaumont-en-Auge, Calvados, Normandía, provincia del Noroeste de Francia. Ya la inquisición había perdido predominio y la actividad cognoscitiva transcurría libremente, aquilatando sus esfuerzos para seguir desentrañando las leyes inexorables de la aparente inmutabilidad de la naturaleza, de tal manera que así se perfilan D’alembrert, Antonio Lorenzo de Lavoisier, Poisson, Fourier, Berthollet y muchos otros, que alabaron la obra de Laplace tanto que lo consideraban el Newton francés y otros lo estimaban como el autor del nuevo Almagesto dada su obra prolífica en matemáticas, física y astronomía.

 

A los 21 años era profesor de Matemática en la Escuela Militar de Paris y a los 24 años de edad, por haber publicado sus memorias matemático – científicas, es admitido en la Academia de Ciencias de Paris. En las mismas, se refiere a soluciones seculares de las ecuaciones diferenciales, series recurrentes, uso de las mismas en la Teoría de los Casos; desigualdades seculares de los planetas; investigaciones sobre cálculo integral y el sistema del mundo; ensayos sobre las probabilidades de las Causas en base a los sucesos.

 

En 1760, junto con Lavoisier inventó el calorímetro; en 1790 participa en la comisión de científicos que establece el metro como unidad de medida de longitud. Siendo presidente de la Academia de Ciencias publica el primero de los más célebres de sus libros Exposición del sistema del mundo” mediante el cual Laplace consideraba que al principio el Sol estaba rodeado de una inmensa nube de polvo, a manera de nebulosa primitiva y que en base a las leyes de Newton, las partículas adquirieron altas velocidades en torno a la estrella; posteriormente se formaron anillos cuya alta rapidez de giro los obligó a desprenderse, a condensarse y a formar masas aglutinadas y más estables. Esto dio origen a los planetas.

 

Cuatro años antes, el gran filósofo Alemán Enmanuel Kant publicó un folleto con esta misma hipótesis, que pasó desapercibida por muchos años. Por la analogía entre el pensamiento de estos dos científicos, a esta teoría se le ha designado como hipótesis Kant – Laplace.

 

Esta proposición enunciativa reina durante siglo y medio, pero una vez que se desarrolla completamente el cálculo integral y las leyes cuánticas, se dedujo que el sistema formulado por Laplace no cumplía con la Ley de la Conservación del Momento, al igual que la Ley de la Cantidad de Movimiento ni con la Ley de la Conservación de la Energía; tampoco explicaba el movimiento retrógrado de algunos satélites de Neptuno, Júpiter, Saturno y Marte. Esta hipótesis cosmogónica fue desechada con todos los honores de rigor.

 

Entre 1798 y 1825, nuestro gran matemático, astrónomo, filósofo y físico, publica su segunda gran obra, de cinco tomos, que se refiere a la Mecánica Celeste, lo que le valió para que Napoleón Bonaparte lo estimulara nombrándolo Ministro de Asuntos Interiores; sin embargo, tal cargo fue revocado a cambio de una curul en el Senado. Esta obra lo coloca como el astrónomo más eminente de su época. Laplace no fue astrónomo observador como Galileo, ni tampoco fue exactamente un racionalista en cuanto a la concepción científica sobre los hechos cosmológicos, fue más que todo un concatenador de los fenómenos astronómicos, los relacionaba con profundo análisis basándose en las leyes de sus antecesores: Copérnico, Kepler, Galileo y Newton e instituyendo los principios de la epistemología para el logro de sus trascendentales conclusiones.

 

Puesto que desde Claudio Ptolomeo hasta entonces, las leyes físicas que se empleaban para el análisis y consideración de la estructura del Universo estaban referidas solamente a la cinemática los fenómenos celestes (estudio del movimiento sin importar la causa), Laplace introduce un nuevo elemento de relación como es la Dinámica, que consiste en el estudio de la causa de todo movimiento, lo que finalmente constituye la Mecánica Celeste y esa causa analizada un tanto empíricamente por las conclusiones de la Ley de la Gravitación Universal de Newton, representa el gran paso que gana la Astronomía; el movimiento de los astros es producto, consecuencialmente, de las fuerzas a que se refiere la ecuación de Newton; también resuelve todo problema concerniente al equilibrio de los cuerpos sólidos y fluidos que componen el Sistema Solar y otros sistemas análogos; de allí que se desarrollen métodos precisos para calcular los movimientos de traslación y rotación de los astros, métodos para la Teoría Elíptica, la precesión de los Equinoccios, la libración de la Luna, la figura y rotación de los anillos de Saturno, las perturbaciones de los movimientos planetarios y las aparentes anomalías en el transitar de los cometas y satélites.

 

Sin embargo, esta otra hipótesis tampoco tuvo un feliz desenlace, porque entre otras cosas, Laplace en sus disquisiciones para configurar las conclusiones sobre su Sistema Planetario empleó recursos tales como la causalidad, el determinismo y la teoría de las probabilidades con el objeto de formular un concepto general omni comprensivo y univoco aplicable a todos los eventos cósmicos, que no resistieron las demandas de la Ley Estadístico – Probabilística, de la física de los Campos o leyes del Electromagnetismo de Charles Maxwell y la Teoría General de la Relatividad de Albert Einstein. A manera de ejemplo, la Mecánica Celeste de Laplace no puede explicar por que el eje de rotación de los planetas está inclinado con respecto al plano de sus respectivas órbitas; Urano tiene 98º de inclinación.

 

Finalmente, muchas otras contribuciones científicas nos ha legado quién también fuera un gran filósofo, tales como la composición química de la atmósfera, la descomposición del agua, la propagación de la luz y del sonido, la capilaridad y la calorimetría.

 

El gran enciclopedista de la cultura iluminista, dejó de existir a la edad de 78 años, un 5 de Marzo de 1827, en Paris.

 

Bibliografía.

Los Hombres de la Historia, R. Pasquinelli.

El origen de la Tierra y de los planetas, B. Y. Levin.