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“Al principio fue el verbo”

      Con esta frase comienza el Génesis, el primer relato de la Biblia. Da cuenta de la importancia que el hombre, desde la antigüedad, ha dado a la palabra. Entendiéndolo, por supuesto, no como categoría gramatical, sino en su forma más general, de palabra dicha, expresada como sonido articulado. Para los antiguos bastó que Dios lo dijera para que el mundo fuera creado. Dice David: «Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca» (Salmo XXXIII).

      Mucho antes del monoteísmo hebreo, las religiones politeístas asignaban a un dios específico el poder de la palabra: para los egipcios era Thot, Hermes para los pitagóricos y estoicos griegos, Aius Locutius para los romanos.

      Ángel Rosenblat nos dice en El poder mágico de la palabra, que “Ese dios de la palabra es una prefiguración del Logos griego. Para Heráclito, hacia el año 500 antes de Cristo, el Logos, la palabra o la razón, es el principio rector del cosmos, el origen de las cosas, del conocimiento y del orden físico y moral”. Lo que nos hace pensar que, no solo el pensamiento religioso le adjudica a la palabra un extraordinario poder de generación, sino que además la filosofía materialista le asigna el mismo poder en la creación del Cosmos, pero ya no como voluntad divina, sino como Logos principio rector devenido en ley universal de un cosmos cambiante y eterno dada su lucha de elementos contrarios... “Este cosmos [el mismo de todos] no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida”*.

      Pero esto es parte de una experiencia tardía en el desarrollo del pensamiento humano, ya que desde el momento mismo en que el primate se empinó para caminar erguido y dar inicio a la gran aventura humana sintió la necesidad de interactuar con sus congéneres, perfeccionando, obviamente, pautas de comportamiento social adquiridas cientos de miles de años atrás como parte del arsenal de herramientas que introduce el proceso de evolución para mantenerlo unido al grupo al que pertenecía, sustituyendo cada vez más los actos de carácter ejecutivo por aquellos de carácter expresivos –véase Manuel Martín Serrano Epistemología de la comunicación y análisis de la referencia-. A medida en que se acentuaban y se mejoraban los actos de carácter comunicativos (expresivos) y disminuía en consecuencia los actos de fuerza (ejecutivos) se disponía de energías adicionales para emprender actividades más constructivas para el grupo, que aceleraban su humanización y el proceso de culturización.

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*Heráclito de Éfeso. “Sobre la naturaleza”

      En tránsito de la horda de primates recolectores y cazadores a la comunidad humana, gracias a la utilización de herramientas en interacción con el desarrollo de la mano y un aparato fonador capaz de permitir la articulación de las palabras a partir de los sonidos naturales, el hombre aprende a domeñar la naturaleza y a sus semejantes con la palabra asignada (solo hacía falta nombrar el objeto para que este adquiriera presencia tangible). El hombre toma posesión del objeto o lo domina cuando lo denomina, cuando a través de su designación, lo individualiza, lo diferencia de todos los demás objetos iguales o parecidos
de un mundo que al principio le era indiferenciado y se le presentaba como un todo amorfo y homogéneo. Al manipular una piedra, por ejemplo, para un uso particular se da cuenta que no todas las piedras le servirán para tal fin, que solo una, de entre muchas, satisfará su necesidad. Prefigura, sin saberlo, el concepto del instrumento…”La primera abstracción, la primera forma conceptual resultó, pues, de los instrumentos mismos: el hombre prehistórico ‘abstrajo’ de muchas hachas individuales la cualidad común a todas ellas, la de ser hacha. Con ello formó el ‘concepto’. Sin saberlo estaba creando el concepto” (Ernst Fischer). Su entorno, entonces, se hace accesible, maleable, sujeto a transformarse bajo su acción en la medida de sus necesidades y propósitos. El hombre otrora parte de una realidad, se transforma así en un creador de su propia realidad.

      Con el transcurrir del tiempo, al alcanzar la sociedad ciertos niveles de complejidad (sedentarismo, agricultura, producción excedentaria, aparición de clases e instituciones sociales como la iglesia, el estado, etc.,) una parte de esa sociedad se encargarían de transferir a un dios omnipotente ese poder de la palabra que hasta entonces era patrimonio del colectivo. Las religiones, como sistemas de pensamiento para explicar el mundo y normas de comportamiento (ética) despojaba al hombre de aquel poder sobre las cosas relegándolo a los más bajos escalones de una jerarquía de dominio y sumisión que se proyectará hasta nuestros días.

      Como reminiscencia de aquel poder que el hombre le atribuía a la palabra expresada, evocando un anhelo de ascendencia sobre las cosas que le rodeaban y la transformación de ellas con el mínimo esfuerzo, aún leemos en la literatura clásica y popular ese anhelo manifiesto en la expresión ¡Abracadabra! del cuento “Alí Baba y los cuarenta ladrones” o en el personaje del comic aquel, a quien le bastaba pronunciar las frases al revés para que se cumplieran sus deseos. Más aún, somos testigos de excepción de las movilizaciones multitudinarias que artistas y personalidades políticas son capaces de provocar. Hoy, con el desarrollo de la tecnología comunicacional, nuevos aspectos de ese poder de la palabra se da en la aplicación de sistemas de seguridad y de manejo de ordenadores personales y otros aparatos similares (reconocimiento electrónico de la modulación de la voz) etc.

 

      Pero la palabra oral no podía por si sola satisfacer las necesidades de un individuo inmerso en una sociedad que, día a día, se hacía más compleja. El conocimiento que se adquiría con la praxis diaria debía conservarse para su posterior transmisión. No bastaba la orientación y consejos de los ancianos para los más jóvenes. La tradición oral se relegaba en relación a los acontecimientos, de tal forma que dificultaba el desarrollo de los procesos colectivos que la tribu demandaba para llevar adelante las numerosas tareas de sobrevivencia en medio de una naturaleza, al principio hostil y caótica.

 

      La memoria entonces, y gracias a un largo proceso en el perfeccionamiento de símbolos que representarán los sonidos articulados (el habla), se amplió de tal manera que el conocimiento trascendió lo tribal para ser asimilado por todo aquel que estuviera en capacidad de descifrar aquellos símbolos, dando como resultado, después de varios milenios, a la sociedad avanzada de hoy que por muchas razones (que no es pertinente exponerlas aquí) amenaza con ahogarse en su propio desarrollo tecnológico desmedido.

 

      Esta sección: “AstroLetras” en nuestra Página abre un espacio para recrearnos en la producción escrita, no sólo de científicos, sino de todos aquellos que a lo largo de la historia humana se han preocupado por dejar constancia escrita de sus reflexiones en torno al universo que nos rodea y que, de alguna manera, con sus poesías, tesis, ensayos, canciones, teorías y planteamientos de diversa índole e intereses varios han contribuido al engrandecimiento de la humanidad. ¿Y por qué no esperar a que la misma sirva de motivación a la lectura y desarrollo de la actividad literaria de nuestros miembros, amigos y lectores que en general tengan a bien visitar la página y colaborar con la misma?

 

La Asociación.

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