Cuando las constelaciones no dejan ver el cielo estrellado    

 

 

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Por Katherine Vieira

Asociación Larense de Astronomía, ALDA.

 

El ser humano es un observatorio astronómico ambulante. Tiene un  telescopio binocular, las dos pupilas, cada una con una abertura variable que puede ir de los 2 a los 8 mm, que recolectan la luz que incide sobre ellas, luego los ojos como sistema óptico forman una imagen del mundo exterior y la proyectan sobre un sensor muy sofisticado, la retina. Finalmente, esta imagen es enviada por el nervio óptico al cerebro, que la procesa y genera la sensación de ver, incluyendo colores, sobre esa percepción posteriormente hacemos interpretaciones y valoraciones, y llegamos a conclusiones.

 

Este telescopio ambulante ha recolectado innumerables horas de  observación a lo largo de miles de años. Muchos de esos datos observados vivieron fugazmente en la memoria de los antiguos homínidos, pero finalmente los seres humanos decidieron que era importante dejar un registro permanente de lo que veían, en forma de pinturas y símbolos. Y entre las pinturas rupestres más antiguas, algunas de hasta 20 mil años de antigüedad, aparecen representadas las constelaciones  (http://www.tayabeixo.org/constelaciones/antiguedad_constelaciones.htm).

 

El acto de mirar el cielo nocturno estrellado trae consigo una serie de  implicaciones que llegan muy lejos. Es una experiencia alcanzable a todos los seres humanos sin distingo de nada, y al hacerlo realizamos casi literalmente, el viaje más lejano posible a través de nuestros ojos, al recolectar los fotones que provienen de astros ubicados incluso fuera de nuestra galaxia (http://www.tayabeixo.org/portadas/m31.htm). Pero los seres humanos además agregamos información a esos datos, nuestro cerebro a través de diversos mecanismos, primeramente culturales, confirió a esos astros significados, valores, roles. Entre las primeras cosas que hicimos con las estrellas en particular fue dibujar con ellas, conectamos esos puntos brillantes para crear formas más complejas, las constelaciones, un vocablo que significa precisamente “agrupación” (con-) de “estrellas” (-stela).

 

Esas figuras dibujadas por las estrellas son aparentes, no están físicamente relacionadas esos astros entre sí, pueden estar cada una a las más diversas distancias, pero nuestros ojos, las colocan todas sobre un mismo tapiz lejano, el cielo. Nuestro telescopio binocular natural tiene algunas capacidades extraordinarias como poder discernir la distancia de objetos cercanos al combinar la percepción individual de cada ojo, pero pierde esa facultad mas o menos a los 500 metros de distancia, si no dispone de elementos de referencia. Por eso el cielo tiene el aspecto de una cúpula semiesférica.

 

La posición aparente de esas estrellas sobre el cielo revela nuestra posición  en la galaxia. Vemos una banda brillante de estrellas que nos rodea, a la que los griegos antiguos por su aspecto llamaron Vía Láctea. Luego de hacer mapas, y de observar el movimiento aparente del Sol, la Luna, los planetas, pensamos por mucho tiempo que ocupábamos un lugar especial, que éramos el centro de todo. Las apariencias pueden engañar, los prejuicios siempre lo hacen. Entonces nuestra propia interpretación cultural, filosófica del mundo, nos hizo concluir erróneamente que el cielo estaba hecho por y para nosotros. Pero hemos avanzado en nuestra búsqueda del conocimiento, y a través de la ciencia hemos encontrado que somos un punto minúsculo dentro del enorme mar de estrellas de nuestra galaxia, dentro del enorme océano de galaxias, que se agrupan en cúmulos y filamentos de Supercúmulos, formando un enorme tejido esponjoso (porque también hay enormes vacíos) del Universo. Ese gran todo es homogéneo e isotrópico, es decir sin lugares especiales.

 

Así que nuestra visión del Universo, y en particular la posición aparente que vemos de las estrellas, hoy o hace miles de años atrás, es en última instancia una cosa de suerte, aleatoria como quien lanza un dado. Hay muchas estrellas como el Sol, hay muchos planetas, como el nuestro y diferentes, orientados en las más diversas direcciones. Y si estuvieran habitados por seres capaces de percibir fotones y de hacer dibujos conectando puntos, entonces ellos tendrían sus propias constelaciones, y todo lo que a ellas les atribuirían.

 

La civilización humana ha avanzado tecnológicamente al punto que hoy  construimos enormes telescopios, con espejos como pupilas, que si bien no pueden cambiar su apertura a necesidad como las nuestras, sus tamaños fijos pronto alcanzarán los 30 metros de diámetro, 10 mil veces más grande que la niña de nuestros ojos. Esto nos ha permitido recolectar más fotones de luz, en estos ojos de metal que pueden estar abiertos todo el tiempo que nos permita el cielo despejado, dotados de unos sensores electrónicos muy sensibles, a modo de retinas, que también nos dejan ver colores, incluso más allá de los que nuestro cerebro es capaz de descifrar. Alcanzamos a tomar imágenes de objetos muy tenues y pequeños, pero con solo un telescopio, como con un solo ojo, no podemos medir distancias.

 

La astrofísica ha sufrido las limitaciones de no poder extender una cinta  métrica entre los astros y nosotros, para poder calibrar definitivamente todas las teorías que sobre ellos hemos elaborado para explicar la luz que de ellos vemos. Pero hemos encontrado métodos alternativos. Hemos replicado la visión binocular, con un solo ojo artificial, el satélite GAIA, de la Agencia Espacial Europea. Ese único ojo viaja al lado de la Tierra, a un millón y medio de kilómetros de nosotros, para ver las estrellas a lo largo de varios años, y en particular para comparar las imágenes que toma del Universo en una época del año y luego 6 meses después, cuando se encuentra justo del otro lado, en la dirección opuesta. Comparando lo que ve de un lado, y lo que ve del otro, es capaz de estimar la distancia a las estrellas más cercanas. Es como tener dos ojos con pupilas de 1 metro de diámetro cada una y separadas por 300 millones de kilómetros. Esto nos permite inferir la distancia con cierto grado de error para apenas el 1% de las estrellas nuestra Vía Láctea, todo lo demás, por ahora, seguirá inalcanzable. Los astros están a distancias verdaderamente inimaginables, casi inconmensurables para la escala humana.

 

GAIA es uno de los muchos satélites artificiales que el hombre ha construido  y lanzado al espacio. Desde el Sputnik 1 en 1957, hemos poblado la cercanía de nuestro planeta con miles de objetos, algunos en uso, y muchos ya inservibles, con propósitos que van desde la observación del planeta y del hombre mismo (e.g. sus actividades estratégicas de interés geopolítico), hasta de servir como enlaces para efectos de telecomunicaciones. Este último uso es de hecho el más extendido, y hemos prácticamente saturado el llamado anillo geoestacionario, ubicado a unos 36 mil km directamente sobre la superficie que recorre el ecuador terrestre, porque a esa distancia y por cómo actúa la gravedad terrestre, los satélites permanecen fijos respecto a los lugares abajo, y pueden servir para enviar o recibir datos de manera constante, que luego son transmitidos por ondas de radio a otros satélites, que finalmente entregan los mismos a otra parte del planeta.

 

Como con toda tecnología, hay usos positivos, beneficiosos, y también  abusos, negligencias y perjuicios a terceros. El avance de la tecnología muchas veces es más rápido que nuestro discernimiento sobre el alcance de estas, y sus implicaciones que llegan al terreno de lo ética y prácticamente sostenible. Es así como desde el año pasado, grandes compañías de telecomunicaciones han iniciado una expansión significativa de sus servicios de internet a escala global, en la que han comenzado a crear megaconstelaciones de satélites, para brindar dichos servicios a los más alejados lugares del orbe. Se estima que en total, hasta 26.000 satélites estarán en órbitas bajas, recorriendo el cielo nocturno cada noche. Varios cientos podrían ser visibles en la noche al ojo desnudo. Un número no despreciable de estos finalmente interrumpirán - y de hecho ya lo han hecho con apenas los primeros satélites en órbita - las observaciones astronómicas de profesionales y aficionados. Los satélites geoestacionarios, aunque son muchos, nunca han sido molestos para la observación astronómica, porque no alteran visiblemente las imágenes científicas (aparecen casi siempre como objetos puntuales o de trazo muy corto), y suelen ser de bajo brillo por la distancia a la que se encuentran.

 

Las llamadas constelaciones de satélites, son conjuntos de satélites que  trabajan juntos, y los de órbita baja, ubicados a alturas de 2.000 km o menos, necesitan trabajar en conjunto, para poder cumplir sus propósitos. Estos objetos, tienen el aspecto de estrellas, quizás de allí el motivo por el que se les llama constelaciones. No hemos creado estrellas, pero ya hemos dibujado nuevas constelaciones, unas propias, de objetos brillantes que se desplazan rápidamente por el cielo, que tienen un uso práctico que a primera vista resulta muy razonable y loable, pero que nos impone un dilema nunca antes visto a este nivel: sus estelas interrumpirán constantemente nuestra visión del Universo. La ventana que siempre estuvo abierta a cualquier par de ojos que se levantaran hacia el cielo nocturno, podría terminar cubierta por una reja de luces brillante, que nos encandilen y deslumbren al punto de impedirnos ver más allá.

 

Es una situación compleja, con aspectos económicos, científicos, sociales y  científicos, que las agencias científicas encargadas de los grandes observatorios astronómicos, y las grandes empresas privadas involucradas, están apenas empezando a discutir. Sin embargo, los lanzamientos no han sido interrumpidos, pese a las voces de protesta lanzadas por astrónomos de todo el mundo, en diversos medios, oficiales, impresos, y sociales en general. Como explica se explica en un artículo sobre el tema (https://www.eso.org/public/spain/news/eso2004/), “esto se desarrolla mientras se exploran con las empresas espaciales soluciones prácticas que pueden salvaguardar las inversiones a gran escala realizadas en instalaciones de astronomía de vanguardia basadas en tierra. ESO apoya el desarrollo de marcos regulatorios que, en última instancia, garanticen la coexistencia armoniosa de avances tecnológicos muy prometedores en órbita terrestre baja con las condiciones que permitan a la humanidad continuar su observación y comprensión del Universo”.