Los satélites galileanos (II)       

Juan Luis Rodríguez

El Impulso, 19 de marzo de 1988

     

    Se considera que los satélites galileanos pertenecen a la familia de objetos llamados “terrestres”, familia que incluye a Mercurio, Venus, la Tierra, la Luna y Marte. Designarlos con la palabra satélite sería subestimar la importancia que tienen para los estudiosos de las ciencias planetarias. Las semejanzas que tienen con los cuerpos del sistema Solar interno, tanto en tamaño como en su composición, hace pensar a los científicos que ambos grupos de objetos deben haber evolucionado mediante procesos comparables y en escalas de tiempos semejantes. Por intermedio de las misiones especiales Voyager (viajero), se ha duplicado el conocimiento del número de objetos parecidos a la Tierra, con los cuales se abren nuevas posibilidades de comprobar modelos teóricos de evolución planetaria.

Desde hace muchos años, antes del envío de las sondas Voyager, se conocía, a partir de estudios realizados con telescopios instalados en la Tierra, que los satélites galileanos presentan ciertas características “regulares”, como son la densidad decreciente y el tamaño creciente, al aumentar la distancia de Júpiter. De esta forma se sabe que las lunas de mayor densidad con los más interiores y presentan igual relación de masas con sus planetas. Todo lo cual coincide con la tendencia general de nuestro Sistema Solar.

Solamente 3 planetas del Sistema Solar poseen satélites “regulares”; como ya sabemos, se trata de Júpiter, Saturno e igualmente Urano. Un satélite es considerado “regular” cuando gira alrededor del planeta en su plano ecuatorial, describiendo una órbita aproximadamente circular. Las lunas de Júpiter, que se sabe con “regulares” o constituyen un sistema “normal”, son además de los galileanos, Amalthea y quizá también el de órbita más interior denominado: 1979 Jl. Los restantes satélites confirmados son mucho menores y describen órbitas irregulares, distribuidas mucho más allá de los 6 interiores.

Los planetas gigantes cuentan con un sistema completo de satélites, lo contrario de los planetas interiores. Esta desigualdad se debe como mínimo a tres (3) factores: la distancia al Sol, el período de rotación y la masa del planeta. Cualquier satélite de un planeta interior que estuviera lo suficientemente alejado de éste, sería irremediablemente “capturado” por el Sol. El descubrimiento que quizás resultó ser el más destacado y sensacional para los científicos fue el realizado por el Voyager I, el cual “observó” las erupciones volcánicas en progreso en la superficie de Io. Del examen exhaustivo de los varios cientos de fotografías tomadas a los satélites galileanos y Amaltea (hasta hace poco se tenía como el de órbita más interior) enviados por las sondas, se podrá deducir gran cantidad de información acerca de su historia, edad geológica y naturaleza de los procesos geológicos que han determinado su evolución. 

BIBLIOGRAFÍA:

Art. “Los Satélites Galileanos de Júpiter”. Revista Ciencia Americana (Scientific American).

Art. “Los Satélites de Júpiter y de Saturno”. Revista Mundo Científico Nº 3.1984 por P.Masson y A. Brahic.

Art. “El Sistema de Júpiter”. Enciclopedia SARPE. Tomo I.